Nuria Guinovart

Núria Guinoivart. Abril 2024.

Siempre he tenido un interés especial por el arte, principalmente por la pintura, el gravado y la cerámica. Mis recuerdos de infancia me transportan al taller familiar, un lugar extraordinario, singular, con un penetrante aroma a disolvente y pintura. Latas cargadas de pigmentos de todos los colores, muestras de estarcidos y todo tipo de herramientas que estimulaban mi imaginación. Durante mi adolescéncia, ese taller me proporcionó el espacio idóneo para iniciarme en las artes plásticas y experimentar con diferentes técnicas.

Con el paso de los años desarrollé un lenguaje propio, personal, con el que identificarme. Actualmente mi trabajo se centra en el cemento como material básico para la realización de mis obras. A pesar de su aspecto áspero y sórdido, el cemento ha aportado madurez y personalidad en mi arte. Me cautiva extraer de este material obras ricas en matices, texturas y trazos capaces de transmitir emociones y mi voluntad de expresar, de evocar mi interior más profundo.

Inicialmente, mis cuadros con cemento carecían de color. Eran obras austeras donde prevalecía el ritmo del trazo. Fue grácias al gravado, técnica que aprendí en el Taller 46 de la mano de Joan Barberá, que incorporase tonos suaves y que gradualmente fueran apareciendo nuevos elementos y formas que se acariciaban entre sí y se sostenían estableciendo un equilibrio.

La creación es un acto de amor, hacia uno mismo y hacia el receptor. Partiendo de esta idea es importante compartir y establecer sinergias, ya que ninguna obra de arte tiene sentido si tan solo es creada para uno mismo sin ser mostrada. El trabajo en el taller conduce al creador hacia un estado de soledad, de introspección y aislamiento de su entorno, sin olvidar la esencia de sus propios pensamientos. Hay una similitud con la meditación, un estado en que se vive el presente de manera plena. No resulta fácil dedicarse a cualquier forma de arte, ya que los resultados no son siempre los esperados y frecuentemente se libra una árdua lucha. A pesar de todo ello, se recompensa cuando la obra habla por sí misma, cuando realmente conecta, cuando hay plena identificación.

Las obras de arte actuan como espejos, donde cada receptor se siente reflejado y desde su interior le lleva a ver. No es preciso ser experto en la matéria, es simplemente dejarse llevar y enamorarse de aquello que la obra suscita. La obra de arte debe quedar abierta al misterio, permitiendo al receptor interpretarla según su sensibilidad.

Toda mi obra es el resultado del aporte de muchas personas que me han acompañado a lo largo de mi trayectoria y las diferentes circunstáncias en mi vida que me han marcado profundamente.