El día en que una isla cambió la historia
La mañana del 7 de julio de 1977 amaneció luminosa sobre el extremo occidental de Mallorca. El mar estaba casi inmóvil entre Sant Elm y Sa Dragonera. Apenas un kilómetro de agua separaba ambas orillas, una distancia tan corta que, en los días claros, la isla parecía formar parte de la costa mallorquina. Sin embargo, para un pequeño grupo de jóvenes, aquel estrecho era mucho más que un brazo de mar. Era la frontera entre dos maneras de entender el mundo.

Las primeras embarcaciones comenzaron a cruzar poco después del amanecer. Eran barcas de pescadores, pequeñas lanchas y alguna zodiac prestada. Los ocupantes llevaban mochilas, sacos de dormir, comida para unos pocos días, cantimploras, cuerdas, pintura y una enorme pancarta enrollada que pronto se convertiría en una de las imágenes más famosas de la historia reciente de Baleares. Sobre aquella tela podía leerse, en grandes letras, un mensaje tan sencillo como revolucionario: DRAGONERA LLIURE.

No imaginaban que, casi medio siglo después, aquella fotografía seguiría apareciendo en libros, exposiciones y documentales. Tampoco pensaban que aquella acción improvisada acabaría siendo considerada el nacimiento del ecologismo moderno en Baleares y uno de los primeros grandes actos de desobediencia civil ambiental de la España democrática.
La mayoría de aquellos jóvenes apenas superaba los veinte años. Eran estudiantes, aprendices, obreros, artistas, fotógrafos, hippies, libertarios y soñadores. Algunos vivían en pisos compartidos. Otros sobrevivían con trabajos temporales.
Para comprender por qué decidieron ocupar una isla deshabitada hay que retroceder en el tiempo, mucho antes de que aquella pancarta ondeara frente al Mediterráneo. El mundo entero estaba cambiando, se podría decir que el planeta entero estaba en ebullición. La historia de Dragonera no comenzó en Mallorca, comenzó en California, en París, en Londres. Comenzó en Berkeley, en Ámsterdam, en Copenhague, en Woodstock y en el Barrio Latino de París…
Durante los años sesenta se produjo una transformación cultural sin precedentes. Por primera vez en la historia moderna apareció una generación numerosa que no había vivido directamente una guerra mundial y que empezó a cuestionarlo absolutamente todo. La autoridad, la religión, la familia tradicional, la escuela, el ejército, el capitalismo, el comunismo, la moral sexual y la relación del ser humano con la naturaleza. Era una revolución distinta de las anteriores que no pretendía únicamente cambiar gobiernos, aspiraba a cambiar la conciencia.

En Estados Unidos surgía el movimiento por los derechos civiles encabezado por Martin Luther King. Millones de jóvenes protestaban contra la guerra de Vietnam. Las universidades se convertían en laboratorios políticos. La música dejaba de ser entretenimiento para convertirse en un lenguaje generacional. En Gran Bretaña aparecieron The Beatles, Pink Floyd, The Rolling Stones y decenas de grupos que transformaron para siempre la cultura popular.
En Francia, el Mayo del 68 puso en jaque al gobierno de Charles de Gaulle. Diez millones de trabajadores llegaron a declararse en huelga. Las paredes de París se llenaron de consignas que todavía hoy sobreviven en la memoria colectiva. «La imaginación al poder», «Seamos realistas, pidamos lo imposible», «Prohibido prohibir», «Bajo el asfalo está la playa»… Aquellas frases cruzaron fronteras y llegaron también a España, aunque aquí todavía existía una dictadura.

La revolución invisible
Mientras los periódicos hablaban de política, otra revolución mucho más silenciosa estaba teniendo lugar. Era una revolución interior. Miles de jóvenes empezaban a leer a Hermann Hesse, cuyas novelas invitaban a la búsqueda espiritual y al inconformismo. Descubrían las enseñanzas del budismo zen gracias a Alan Watts. Se interesaban por las experiencias psicodélicas descritas por Timothy Leary, quien proclamaba la necesidad de abandonar las viejas estructuras mentales. Otros encontraban inspiración en Ram Dass o en las narraciones de Carlos Castaneda, que mezclaban antropología, chamanismo y estados alterados de conciencia.
La psicodelia era mucho más que la LSD. Aunque no todos consumían sustancias psicodélicas, y de hecho muchos nunca lo hicieron, las ideas asociadas a ese movimiento —el regreso a la naturaleza, el cuestionamiento del consumismo, la vida comunitaria, la creatividad y la exploración espiritual— impregnaron a una generación entera. Fue una manera distinta de mirar el mundo.
El nacimiento de la conciencia ecológica
Hasta finales de los años cincuenta casi nadie hablaba de ecología. Existían naturalistas, botánicos, montañeros… Pero el medio ambiente aún no era un movimiento social.
Todo empezó a cambiar en 1962, cuando Rachel Carson publicó Primavera silenciosa. Un libro que denunciaba los efectos devastadores de los pesticidas sobre aves, insectos y ecosistemas. Fue un escándalo internacional. Por primera vez millones de personas comprendieron que el progreso industrial tenía un precio. Pocos años después llegaron imágenes aún más impactantes de ríos que ardían debido a la contaminación, ciudades cubiertas por nubes tóxicas, mareas negras, bosques devastados y la Tierra fotografiada desde el espacio durante las misiones Apolo. Aquella pequeña esfera azul flotando en la inmensidad cambió la percepción del planeta. De repente, la humanidad comprendió que vivía en un mundo finito. La naturaleza dejó de ser únicamente un paisaje. Se convirtió en algo que podía desaparecer.
El anarquismo vuelve a respirar
Mientras Europa occidental experimentaba una explosión de libertades, España seguía gobernada por la dictadura impuesta por el general Franco. Pero incluso aquí empezaban a abrirse pequeñas grietas. Las universidades bullían, las asociaciones vecinales crecían, los movimientos obreros se reorganizaban. Y, casi en silencio, resurgía una vieja tradición universal que en España florecía una y otra vez, el anarquismo. Una muestra de ese florecimiento y tal vez ya de cierto declive fueron las Jornadas Libertarias Internacionales celebradas en Barcelona que se celebraron pocos días después del desembarco en Sa Dragonera.
Antes de la Guerra Civil española (1936-1939), la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) había llegado a ser una de las organizaciones obreras más importantes del mundo. Tras la victoria franquista fue perseguida con extrema dureza. Miles de militantes fueron fusilados, encarcelados o empujados al exilio. Sin embargo, las ideas nunca desaparecieron del todo. Sobrevivieron en pequeños círculos clandestinos, en familias que conservaban viejos libros escondidos y en exiliados que seguían soñando con una España diferente. Cuando Franco murió el 20 de noviembre de 1975, esas ideas salieron, de alguna manera, de nuevo a la superficie. No exactamente igual que en 1936, habían cambiado, ya no hablaban solo de revolución obrera, hablaban también de feminismo, de ecología, de objeción de conciencia, de sexualidad libre, de cooperativas, de autogestión, de comunidades alternativas, de vivir de otra manera… Aquella nueva sensibilidad libertaria no miraba únicamente a las fábricas. Miraba también hacia los bosques, las montañas y el mar. Y eso cambiaría el destino de una pequeña isla del Mediterráneo.
Fruto, en parte, de todo ese caldo de cultivo entre libertario, psicodélico y ecológico fueron la aparición en la industria editorial de revistas como Ajoblanco y Star en 1974, Ozono en 1975, Alfalfa en 1977 y también en 1977 la revista Bicicleta, en 1978 se editó la revista Integral y ya en 1979 la revista psicodélica Globo.

Mallorca: el paraíso amenazado
Mientras todo aquello sucedía en Europa, Mallorca atravesaba una transformación vertiginosa. La isla agrícola, marinera y relativamente aislada de la posguerra se había convertido, en apenas quince años, en uno de los mayores destinos turísticos del continente. Llegaban vuelos chárter desde Alemania, Reino Unido, Suecia y Holanda. Se construían hoteles a un ritmo frenético. Urbanizaciones enteras brotaban donde antes había dunas, pinares o campos de cultivo. Para muchos mallorquines aquello significó prosperidad, empleo y una apertura al mundo desconocida hasta entonces. Pero también tuvo un coste creciente: la costa comenzó a cambiar de forma irreversible.
En ese contexto, muy pocos se preguntaban si el desarrollo tenía límites. Pero un puñado de jóvenes sí lo hizo. Y entre ellos empezaba a gestarse una idea que, en apariencia, parecía completamente descabellada: si querían salvar Sa Dragonera, quizá tendrían que habitarla. Sa Dragonera era una isla codiciada desde hacía siglos, nunca fue una isla cualquiera.
Vista desde el aire recuerda a un enorme dragón dormido flotando sobre el Mediterráneo. Su silueta alargada, de poco más de cuatro kilómetros de longitud, parece proteger la costa occidental de Mallorca como una muralla natural frente al mar abierto. Su nombre procede precisamente de esa forma serpenteante y de la abundancia de un pequeño reptil endémico, la lagartija balear, que durante siglos alimentó leyendas entre marineros y pescadores.
Durante siglos apenas fue habitada. Sirvió de refugio ocasional para pescadores, de escondite para corsarios berberiscos y de punto estratégico para vigilar la costa. Los fareros que vivían allí llevaban una existencia dura y solitaria, aislados durante semanas, enfrentándose al viento y al mar. Cuando el viejo faro de Na Pòpia dejó de utilizarse debido a las frecuentes nieblas que ocultaban su luz, la isla volvió a quedar prácticamente desierta.
Precisamente esa ausencia de población había permitido que Dragonera llegara a la década de 1970 casi intacta. Mientras kilómetros enteros del litoral mallorquín se llenaban de hoteles y apartamentos, ella seguía siendo un paisaje de acantilados, pinos retorcidos por el viento, gaviotas, halcones y lagartijas que parecían no temer al ser humano. Era uno de los últimos espacios vírgenes del archipiélago. Y eso, paradójicamente, aumentó enormemente su valor económico.
El Mediterráneo se convertía en un inmenso negocio
La España del llamado «desarrollismo» había descubierto un recurso prácticamente inagotable, el turismo. Millones de europeos del norte buscaban playas soleadas, clima cálido y precios asequibles. El Mediterráneo español se transformó en una gigantesca máquina de generar riqueza. En pocos años aparecieron aeropuertos, autopistas, puertos deportivos y urbanizaciones donde antes solo existían campos o dunas. La lógica dominante parecía imparable. Si una playa era hermosa, había que construir un hotel. Si una cala permanecía virgen, había que urbanizarla antes que la competencia. Si una isla estaba deshabitada, era una oportunidad de negocio.
Ningún político cuestionaba aquella visión. La palabra «ecología» apenas aparecía en los discursos públicos y las evaluaciones ambientales, tal como hoy las entendemos, prácticamente no existían. En ese contexto, Dragonera representaba un sueño para cualquier promotor inmobiliario.
El proyecto que pudo cambiar para siempre la isla
A comienzos de los años setenta, la empresa Patrimonial Mediterránea S.A. (PAMESA) adquirió la propiedad de gran parte de Sa Dragonera con la intención de convertirla en un exclusivo complejo residencial y turístico. Los proyectos variaron con los años, pero la idea general era siempre la misma, transformar una isla salvaje en un destino de lujo.
Los planos hablaban de centenares de viviendas unifamiliares escalonadas sobre las laderas, hoteles, restaurantes, un puerto deportivo capaz de recibir embarcaciones de recreo y nuevas infraestructuras que conectarían Dragonera con Mallorca de forma permanente. Para muchos aquello simbolizaba el progreso. Para otros suponía la desaparición irreversible de uno de los últimos paisajes intactos de Baleares.
Lo sorprendente es que, al principio, la oposición fue muy reducida. No existían todavía grandes organizaciones ecologistas, no había redes sociales, no existían campañas digitales. Ni siquiera había experiencia en movilizaciones ambientales. Todo estaba por inventar.
Palma descubría otro modo de vivir
Mientras las grúas cambiaban el paisaje costero, otra Mallorca iba tomando forma. En algunos cafés del casco antiguo de Palma comenzaban a reunirse estudiantes, artistas, músicos, fotógrafos, actores y jóvenes atraídos por las nuevas corrientes culturales que llegaban desde Europa. La isla se había convertido en un lugar singular. Por un lado, recibía cada verano a miles de turistas alemanes, británicos, franceses y escandinavos que traían consigo discos, libros, revistas y formas de pensar desconocidas durante el franquismo. Por otro, numerosos artistas extranjeros decidían instalarse allí de manera permanente. Pintores, escritores y músicos encontraban en Mallorca una combinación difícil de igualar, clima, tranquilidad, precios relativamente bajos y una libertad cotidiana mayor que en muchas ciudades europeas.
Las librerías empezaron a vender autores que pocos años antes habrían sido difíciles de encontrar. Circulaban traducciones de filosofía oriental, literatura beat, textos anarquistas, publicaciones feministas y revistas underground. Los cafés se llenaban de conversaciones interminables. Se discutía sobre política, sobre arte, sobre música, sobre comunas, vegetarianismo, energía nuclear, sexualidad y también sobre la posibilidad de construir una sociedad distinta.
En aquel ambiente nació una pequeña constelación de colectivos alternativos, uno de ellos recibiría un nombre que resumía perfectamente sus aspiraciones: Terra i Llibertat. Se trataba de un colectivo libertario de jóvenes que no querían mandar sobre nadie. No era una asociación convencional, ni una organización con presidente, secretario o estatutos rígidos. Sus integrantes desconfiaban profundamente de las jerarquías. Preferían las asambleas, el consenso y el reparto espontáneo de responsabilidades. Ninguno pretendía convertirse en líder. Aquello podía resultar caótico, pero también permitía que cualquiera propusiera una idea y la defendiera en igualdad de condiciones. Muchos procedían del ambiente universitario, otros eran autodidactas de cualquier cosa: fotógrafos, pintores, aprendices de las artes gráficas, trabajadores temporales… Personas que sobrevivían con empleos ocasionales mientras dedicaban el resto del tiempo a leer, debatir, viajar o participar en movimientos sociales. No eran numerosos, pero poseían algo que suele cambiar la historia, la convicción de que una minoría decidida puede alterar el rumbo de los acontecimientos.
Basilio Baltasar y una generación inesperada
Entre aquellos jóvenes estaba un veinteañero llamado Basilio Baltasar que décadas más tarde alcanzaría cierto reconocimiento como escritor, editor y promotor cultural, pero entonces era simplemente uno más entre un grupo de amigos que debatían durante horas sobre literatura, política y filosofía. Baltasar comprendió muy pronto que la batalla por la Dragonera no podía librarse únicamente sobre el terreno, debía contar también con la opinión pública.
Mientras unos ultimaban la ocupación física de la isla, otros preparaban la estrategia de comunicación, redactaban comunicados, convocaban a periodistas y mantenían contacto constante con Palma para que la protesta no quedara aislada. Era una intuición extraordinariamente moderna, sabían que una fotografía publicada en la prensa podía tener más fuerza que cualquier enfrentamiento.
Basilio Baltasar, Enric Mus y tantos otros son recordados por desempeñar un papel esencial en la coordinación desde Mallorca. Mientras unos permanecían en la isla, otros organizaban relevos, conseguían alimentos, atendían a los periodistas y buscaban apoyos. La mayoría de participantes apenas dejaron rastro documental. Había muchachas de diecisiete años que ocultaban a sus familias dónde pasaban la noche, había estudiantes que regresaban directamente de los exámenes, había artistas que dibujaban en sus cuadernos los acantilados de Dragonera, había fotógrafos que intuían que aquellas imágenes algún día tendrían valor histórico. Y también había un joven pintor llamado Miquel Barceló del que nadie podía imaginar que acabaría convirtiéndose en uno de los artistas españoles más importantes de las décadas siguientes.
La naturaleza como forma de libertad
Resulta difícil comprender hoy el significado que tenía la naturaleza para aquella generación. No se trataba únicamente de proteger animales o plantas. La naturaleza representaba una alternativa completa al modelo industrial que dominaba Europa. Muchos practicaban excursionismo y estaban acostumbrados a dormir al aire libre, viajaban haciendo autostop, escuchaban música bajo las estrellas y leían poesía junto al mar. Algunos experimentaban con formas de vida comunitaria, otros practicaban la agricultura ecológica cuando esa expresión todavía casi no existía.
Defender Dragonera significaba también defender un modo distinto de relacionarse con el mundo. No querían salvar únicamente una isla. Querían demostrar que no todo podía comprarse. Las reuniones comenzaron de manera discreta. Un piso, un café, la playa de Sant Elm, una casa prestada. Los mapas de Dragonera pasaban de mano en mano, había que estudiar dónde desembarcar, cuánta comida llevar, cómo dormir, qué hacer si aparecía la Guardia Civil, quién hablaría con la prensa. quién se quedaría en Palma, cómo organizarían los relevos. Todo debía prepararse sin apenas recursos económicos. Las discusiones eran largas, había dudas, algunos pensaban que la ocupación duraría apenas unas horas, otros confiaban en resistir varios días. Nadie sabía realmente qué podía ocurrir pero había una idea compartida por todos, si no hacían nada, las excavadoras llegarían antes o después y entonces ya sería demasiado tarde.
La decisión quedó tomada. Dentro de muy pocos días cruzarían el canal y, durante unas semanas, una pequeña isla deshabitada se convertiría en el centro de atención de toda España. La madrugada del 7 de julio de 1977 apenas había comenzado cuando los primeros ocupantes llegaron discretamente a Sant Elm. A aquella hora el pequeño puerto todavía conservaba el ritmo pausado de un pueblo de pescadores. Alguna luz permanecía encendida. Se escuchaba el ruido metálico de los aparejos y el golpear de las pequeñas olas contra los cascos de las embarcaciones. No había consignas grandilocuentes, no había banderas, no existía una organización profesional detrás de la operación, solo un grupo de jóvenes con la sensación de que estaban haciendo algo que nadie había hecho antes en España.
Las mochilas pesaban más de lo deseado. Llevaban latas de conserva, arroz, pan, fruta, agua, cuerdas, mantas, algunos hornillos de gas, cámaras fotográficas y sacos de dormir. Todo debía transportarse en pequeñas embarcaciones particulares., el presupuesto era prácticamente inexistente, casi todo había sido prestado por amigos.
Años después, algunos recordarían la mezcla de excitación y nerviosismo que se respiraba aquella mañana. No sabían si la Guardia Civil impediría el desembarco ni tampoco conocían la reacción de los propietarios de la isla, ni siquiera tenían claro cuánto tiempo podrían permanecer allí. Lo único seguro era que, una vez pusieran el pie en Dragonera, la protesta dejaría de ser una conversación para convertirse en un hecho.
El primer campamento
La isla los recibió con el olor de los pinos calentándose bajo el sol del verano. No había electricidad, no había agua corriente, no existían caminos cómodos. Solo senderos pedregosos, acantilados, vegetación mediterránea y el sonido permanente del viento.
Los primeros ocupantes eligieron una zona cercana al embarcadero natural para instalar el campamento. Era el lugar más práctico: permitía recibir provisiones y mantener contacto visual con Mallorca. Las tiendas de campaña eran pocas. Muchos durmieron directamente sobre el suelo, protegidos únicamente por un saco de dormir. No tardaron en desplegar la gran pancarta que, cuando quedó extendida sobre el muelle, podía leerse desde las embarcaciones que cruzaban el canal: DRAGONERA LLIURE. Aquella imagen resumía toda la protesta. No pedía dinero, no reclamaba privilegios, no exigía protagonismo. Simplemente afirmaba que aquella isla debía seguir siendo libre. Sin proponérselo, habían creado uno de los iconos visuales del ecologismo español.
La república de las asambleas
La vida cotidiana comenzó a organizarse casi de inmediato. No existían horarios rígidos pero cada mañana se celebraba una asamblea donde todos participaban. No importaba la edad, el nivel de estudios ni el tiempo que cada uno llevara en el grupo, las decisiones se tomaban por consenso siempre que era posible. Aquello no era sencillo, las discusiones podían prolongarse durante horas, había quien proponía radicalizar la protesta, otros insistían en mantener una actitud absolutamente pacífica. Se debatía cómo responder a la prensa, cómo reaccionar si aparecían las autoridades, cómo administrar el agua, cómo repartir la comida, cómo evitar que el campamento dañara precisamente aquello que pretendían proteger. Era un pequeño experimento de autogestión, no perfecto, pero extraordinariamente coherente con las ideas libertarias que compartían.
Había que aprender a vivir con poco, los recursos eran escasos, el agua era el bien más preciado, cada litro se administraba con cuidado. La comida consistía principalmente en arroz, pasta, pan, fruta, queso, conservas y algunas verduras que llegaban desde Mallorca. Nadie esperaba comodidades, precisamente esa austeridad reforzaba el sentimiento de estar viviendo algo auténtico.
Las jornadas transcurrían entre conversaciones interminables, paseos por la isla, preparación de comunicados y vigilancia del mar. Había tiempo para leer, para escribir, para dibujar, para tocar una guitarra y para discutir sobre política hasta bien entrada la noche. Muchos recordarían después aquellas conversaciones como una universidad improvisada bajo las estrellas. Allí se hablaba de anarquismo, de ecología, de literatura, de budismo, de la guerra civil, de la música de Bob Dylan, de Pink Floyd, de Pau Riba y de los sueños que la reciente democracia parecía poder hacer posibles. La isla era, durante unos días, una pequeña comunidad donde casi todo se compartía.
La prensa descubre Dragonera
Lo que más sorprendió a los propios ocupantes fue la rapidez con la que la noticia empezó a extenderse. Los periodistas comprendieron enseguida que había algo nuevo en aquella historia. España acababa de celebrar las primeras elecciones democráticas, la sociedad estaba ávida de símbolos y un grupo de veinteañeros ocupando pacíficamente una isla para impedir una urbanización resultaba una imagen poderosa.
Las fotografías comenzaron a aparecer en periódicos de Mallorca y poco después en diarios nacionales. Las entrevistas se multiplicaron. Desde Palma, Basilio Baltasar y otros compañeros mantenían una intensa actividad organizando ruedas de prensa y respondiendo a los medios. Cada artículo publicado suponía una victoria, porque convertía Dragonera en un asunto público. Y cuanto mayor fuera la atención, más difícil sería desalojarlos por la fuerza. Mientras la isla se convertía en noticia, el pequeño pueblo de Sant Elm vivía una agitación desconocida. Cada día llegaban simpatizantes, algunos llevaban consigo alimentos, otros querían conocer a los ocupantes. Había periodistas, fotógrafos, curiosos, vecinos y jóvenes procedentes de Palma, incluso turistas extranjeros preguntaban qué estaba ocurriendo en aquella isla que veían frente a la costa. Las embarcaciones cruzaban continuamente el canal, a veces transportaban comida, otras veces relevaban a alguno de los ocupantes, en ocasiones llevaban simplemente cartas de apoyo. Dragonera ya no estaba sola, toda una red de solidaridad empezaba a tejerse alrededor de ella.

La reacción de las autoridades
Las autoridades observaron inicialmente la ocupación con cierta incertidumbre, España vivía un momento delicado. La Transición apenas había comenzado, el Gobierno intentaba proyectar una imagen de apertura democrática al mismo tiempo que debía mantener el orden público, un desalojo violento podía provocar un escándalo. Pero permitir indefinidamente la ocupación también parecía inaceptable. La Guardia Civil vigilaba discretamente los movimientos, los propietarios presionaban para recuperar el control de la isla y mientras tanto, los ocupantes mantenían una disciplina sorprendente. No destruían instalaciones, no provocaban enfrentamientos ni respondían a las provocaciones. Su fuerza residía precisamente en el carácter pacífico de la protesta, esa actitud descolocó a muchos. No eran revolucionarios… eran jóvenes que hablaban de pájaros, de lagartijas y de libertad.
A medida que pasaban los días ocurría algo que nadie había previsto, la protesta empezaba a ganar la batalla más importante, la de la opinión pública. Cada nueva fotografía publicada, cada entrevista, cada conversación en los cafés de Palma, cada artículo en los periódicos, hacía más difícil presentar a aquellos jóvenes como simples alborotadores. La pregunta ya no era: «¿Por qué ocupan una isla?», sino: «¿Por qué querer destruir una isla como esa?» Y cuando una sociedad cambia la pregunta, suele estar cerca de cambiar también la respuesta. Los ocupantes todavía no lo sabían. Les aguardaban meses de incertidumbre, una segunda ocupación, procesos judiciales y años de movilización. Pero el momento decisivo ya había ocurrido. Habían conseguido que miles de personas miraran por primera vez hacia Sa Dragonera y comprendieran que aquel pedazo de roca, aparentemente insignificante, valía mucho más intacto que convertido en una urbanización de lujo. La verdadera batalla acababa de empezar.
Cuando una ocupación se convirtió en un movimiento
Los ocupantes abandonaron finalmente la isla, pero la lucha por Sa Dragonera estaba lejos de terminar. En realidad, la ocupación había cumplido su objetivo principal: romper el silencio. Hasta aquel verano de 1977, la urbanización de Dragonera era un proyecto más entre los muchos que transformaban el litoral español. Después de la ocupación, se convirtió en un asunto de interés público. Los periódicos hablaban de la isla, las radios debatían sobre el conflicto. Cada vez más ciudadanos se preguntaban si el desarrollo económico justificaba la desaparición de los últimos espacios naturales.
Aquellos jóvenes habían comprendido algo que hoy parece evidente pero que entonces era una intuición novedosa: la opinión pública podía convertirse en la mejor aliada de la naturaleza. No bastaba con tener razón, había que conseguir que la sociedad sintiera aquella isla como algo suyo. Y lo lograron.
La Navidad en Dragonera
Un año después, en diciembre de 1978, la protesta regresó a la isla. Pero esta segunda ocupación fue distinta. Menos improvisada, quizás más dura.
Mientras la mayoría de las familias preparaban la Navidad, varios activistas decidieron permanecer en Dragonera para recordar que el peligro seguía existiendo. Pasaron allí la Nochebuena y parte de las fiestas navideñas. El invierno transformó completamente el paisaje. El mar ya no era el Mediterráneo sereno del verano anterior, el viento golpeaba los acantilados, la humedad penetraba en los sacos de dormir, la soledad era mucho mayor. Algunos ocupantes llegaron incluso a anunciar una huelga de hambre para llamar la atención sobre la situación. Aquellas imágenes resultaban extraordinarias, un puñado de jóvenes renunciando a pasar la Navidad con sus familias para proteger una isla deshabitada, era imposible permanecer indiferente.
Los tribunales entran en escena
Mientras la movilización social crecía, comenzaba otra batalla mucho menos visible, la jurídica. Abogados, técnicos y organizaciones ciudadanas empezaron a examinar con detalle los permisos urbanísticos. Aparecieron irregularidades, se discutieron recalificaciones, se cuestionó la legalidad de determinadas autorizaciones. La presión ciudadana ya no actuaba sola, empezaba a apoyarse en argumentos legales cada vez más sólidos. El conflicto dejó de ser únicamente moral, se convirtió también en una cuestión de derecho. Durante años, recursos, informes y procedimientos judiciales fueron ralentizando el proyecto inmobiliario, aquello desesperaba a los promotores, pero daba tiempo a que la conciencia ambiental siguiera creciendo.
A veces la historia no cambia mediante grandes gestas, cambia porque alguien consigue retrasar una decisión el tiempo suficiente para que la sociedad piense de otra manera. Es difícil evaluar la influencia que tuvo Dragonera sobre el movimiento ecologista de las Baleares. Hasta entonces existían personas preocupadas por la naturaleza pero después de Dragonera apareció algo diferente. La defensa del territorio dejó de ser un asunto reservado a científicos o excursionistas, se convirtió en una causa compartida por profesores, estudiantes, pescadores, arquitectos, periodistas, artistas y vecinos.
El debate sobre el modelo turístico empezó a adquirir una profundidad desconocida. ¿Era posible seguir creciendo indefinidamente? ¿Cuántas calas podían urbanizarse? ¿Qué ocurriría cuando desaparecieran los paisajes que precisamente atraían a los visitantes? Estas preguntas comenzaron a ocupar un lugar estable en la vida pública balear, y ya nunca desaparecerían.
En aquellos años también fue consolidándose el Grup Balear d’Ornitologia i Defensa de la Naturalesa (GOB). Aunque su papel durante la primera ocupación fue inicialmente prudente, con el paso del tiempo la organización acabaría convirtiéndose en una referencia imprescindible de la defensa ambiental en las islas.
Dragonera demostró que la protesta espontánea necesitaba continuidad. Hacían falta biólogos, juristas, educadores, técnicos, personas capaces de seguir defendiendo el territorio cuando desaparecieran los titulares de prensa. El activismo empezaba a «profesionalizarse» aún sin perder su raíz ciudadana. Aquella combinación resultó decisiva en las décadas siguientes.
La victoria
Los años fueron pasando, el proyecto urbanístico perdió impulso, las sentencias judiciales comenzaron a cerrar el camino a la urbanización y finalmente, el Consell de Mallorca adquirió la isla. En 1995, Sa Dragonera fue declarada Parque Natural, aquello significaba mucho más que una figura administrativa, era la confirmación de una idea nueva. Por primera vez en las islas Baleares, una gran movilización ciudadana había conseguido salvar un espacio natural de la especulación urbanística. No fue una concesión, fue una conquista.
¿Qué fue de aquellos jóvenes?
La vida siguió caminos muy distintos. Basilio Baltasar desarrolló una destacada carrera como escritor, editor y gestor cultural, Miquel Barceló alcanzó reconocimiento internacional con una obra que hoy forma parte de algunos de los museos más importantes del mundo, Enric Mus vivió en una comunidad, posteriormente se dedicó a la enseñanza de Tai Chi y fue cofundador de la editorial La Liebre de Marzo. Otros participantes se hicieron profesores, fotógrafos, arquitectos, trabajadores anónimos, padres y madres de familia… Muchos continuaron vinculados a causas sociales, otros simplemente siguieron con sus vidas…
Hoy resulta fácil recorrer Dragonera en una excursión de un día, los visitantes caminan por senderos perfectamente señalizados, observan halcones de Eleonora sobrevolando los acantilados, descubren las famosas lagartijas negras que se acercan sin miedo y escuchan únicamente el viento y el mar.
Es tan fácil contemplar ese paisaje que cuesta imaginar que estuvo a punto de desaparecer bajo carreteras, chalés y puertos deportivos. Quizá ese sea el mayor triunfo de quienes la defendieron, que las generaciones actuales puedan creer que siempre fue así.
Una generación irrepetible
La ocupación de Sa Dragonera no fue un episodio aislado, fue la expresión española de una corriente internacional que unía ecología, libertad, pacifismo, contracultura y participación ciudadana. Aquellos jóvenes eran hijos del Mayo del 68, de la música rock, de la literatura libertaria, del pensamiento ecológico naciente y de la ilusión de una democracia recién recuperada. No luchaban únicamente contra una urbanización, luchaban contra una forma de entender el progreso, creían que el desarrollo no debía medirse solo en hoteles construidos o en turistas llegados cada verano. Pensaban que una sociedad también se hace más rica cuando decide conservar un bosque, una montaña o una isla para quienes vendrán después. Esa idea, que hoy forma parte del sentido común de muchas personas, era profundamente revolucionaria en 1977.
El legado de Sa Dragonera
Toda generación deja tras de sí algún símbolo. La de 1898 dejó el regeneracionismo, la de la Segunda República dejó un extraordinario impulso educativo y cultural, la generación de la Transición suele recordarse por la Constitución, las primeras elecciones democráticas o los Pactos de la Moncloa; sin embargo, existe otra herencia menos visible, la de quienes comprendieron que la libertad política debía ir acompañada de una nueva responsabilidad hacia el territorio.
Sa Dragonera fue uno de los primeros lugares donde esa conciencia tomó cuerpo. No fue la única lucha ecologista de aquellos años, pero sí una de las más inspiradoras, demostró que un grupo pequeño, sin recursos económicos, sin poder político y sin otra herramienta que su convicción, podía cambiar el destino de un lugar en tiempos en los que todo tenía un precio, ellos defendieron una idea casi ingenua: que había paisajes cuyo valor era precisamente permanecer intactos.
Epílogo
Cada atardecer, cuando el sol se esconde tras los acantilados de Sa Dragonera, la isla vuelve a parecer el inmenso dragón dormido que inspiró su nombre. El viento sigue recorriendo los pinos, las gaviotas continúan anidando en los mismos riscos y las lagartijas toman el sol sobre las piedras calientes.
Nada de eso era inevitable, todo podría haber sido distinto si aquellos jóvenes no hubieran cruzado el canal aquella mañana de julio de 1977. Es posible que hoy contempláramos desde Sant Elm una hilera de chalés blancos, un puerto deportivo repleto de yates y una carretera ascendiendo por la ladera., en cambio, lo que vemos es una isla salvaje y quizá esa sea la mejor definición de su victoria. No ganaron porque vencieran a una empresa, ganaron porque demostraron que la historia también puede escribirse desde la desobediencia pacífica, la imaginación y el compromiso.
En una época en la que España aprendía de nuevo a pronunciar la palabra libertad, un puñado de muchachos decidió darle un significado inesperado: proteger la naturaleza. Desde entonces, cada vez que un espacio natural se salva gracias a la movilización ciudadana, hay un eco lejano de aquel verano de 1977, el eco de una simple pancarta extendida frente al mar, que decía mucho más de lo que aparentaba: DRAGONERA LLIURE.