Dos colosos de las letras españolas ante la alteración perceptiva
La historia del pensamiento hispano guarda rincones donde la lucidez académica se fractura para dejar paso a los territorios inexplorados de la mente. Para los lectores de la revista de viajes interiores Ulises, rastrear la huella psicodélica en nuestras letras nos lleva inevitablemente a finales de los años sesenta, un escenario donde dos titanes de la cultura patria experimentaron el asalto de la alteración perceptiva de formas radicalmente opuestas. El éticamante imperturbable José Luis López Aranguren y el volcánico e inabarcable Agustín García Calvo. El contraste entre ambas vivencias dibuja un mapa fascinante sobre cómo la estructura mental previa condiciona el viaje, ofreciendo un duelo involuntario entre la parsimonia de un intelecto descolocado y el deslumbrante misticismo político de la contracultura.
El periplo de Aranguren comenzó bajo el sol de California, aquel hervidero de flores, utopías y humos sospechosos donde el filósofo de la moral pulcra impartía clases. Tras varios intentos fallidos con la marihuana que lo dejaron completamente indiferente, el destino le tendió una emboscada dulce en forma de brownie de chocolate aderezado. Lo que se desencadenó a continuación fue una tragicomedia de una morosidad y delectación verbal inaudita. Al volante de su coche, el buen profesor se vio asaltado por un deseo irrefrenable de no elegir ninguna ruta; su mente, atrapada en un pensamiento descentrado, quería tomarlas todas a la vez, incluso aquellas que lo alejaban irremediablemente de su hogar, obligándolo a ceder el volante para no terminar en una cuneta ontológica. Ya a salvo en su casa, Aranguren experimentó una necesidad incoercible de discurrir sobre asuntos supuestamente trascendentales, perdiendo el hilo de forma constante en un afán desesperado por decirlo todo. Aquella experiencia, que él mismo catalogó de poco psicodélica, no fue una apertura mística ni una expansión de la consciencia, sino una dislocación de ideas y un trastorno cerebral aparente. El filósofo quedó atrapado en su propia condición intelectual, envuelto en una pseudo-lucidez verborreica y dispersa que le dejó únicamente la sensación de una libertad basada en el gusto de perder el tiempo de forma conceptualizante.

A miles de kilómetros de allí, en el París del exilio, el paisaje mental de Agustín García Calvo y su entorno vibraba en una frecuencia diametralmente opuesta. Rodeado por la Comuna Antinacionalista Zamorana, un colectivo entregado a la misión de dinamitar todo Estado viviente, el ácido lisérgico no era un mero pasatiempo, sino una munición espiritual y un suntuoso regalo de los dioses. Para este grupo de irreductibles, la LSD propiciaba una ácida conciencia y un festín de ensueño donde se anulaba la división entre los sentidos, permitiendo que el tacto y la visión se fundieran. El viaje se transformaba en una escuela mística y política que, entre tapices de gemas y collares de palabras multicolores, enseñaba de golpe la vanidad del tiempo y la relatividad de la lógica habitual, con la ventaja de presentarse como una bendición de salud que suprimía la fatiga. El propio García Calvo, aunque confesó mantener cierta distancia con la revuelta química total y mirar con escepticismo la mística vana de quienes vendían la sustancia como el paraíso, cató las maravillas del ácido en un par de ocasiones para comprender el fenómeno. A pesar de advertir seriamente sobre los peligros de esclavitud y muerte que acechan en los paraísos artificiales, reconoció la remoción inesperada que aquella sustancia supuso para la rigidez mental de la época.

El choque de trenes perceptivos entre ambos pensadores resulta revelador para cualquier buscador de la sinapsis perdida. Mientras el viaje oral de Aranguren con el bizcocho de chocolate se tradujo en un encierro intelectual, lento y sin gracia poética, la inmersión lisérgica de la comuna de García Calvo fue un banquete metafísico y una herramienta de combate contra las estructuras de la realidad. Dos formas radicalmente distintas de perder el juicio y desordenar la lógica habitual para, quizás, encontrar en el fondo del abismo un poco de sensatez.