El 22 de marzo Ann Shulgin habría cumplido 95 años.
Murió en julio de 2022, a los 91, en su residencia en el área de la Bahía de San Francisco.
Hace once años, cuando empecé a empaparme del campo psiquedélico, leí todo lo que caía en mis manos. Autores, estudios, testimonios, teorías. Pero cuando llegué a PiHKAL fue diferente. No fue interés ni curiosidad. Fue reconocimiento. Encontrarme, de repente, con alguien que ponía palabras con una precisión que yo no había encontrado en ningún otro lugar a procesos que yo misma estaba viviendo pero no sabía nombrar. Esa alguien era Ann.
Ann me resultó cercana desde el primer momento, precisamente por eso: porque no se escondía. No narraba sus procesos desde la distancia del que ya sabe cómo termina todo. Los narraba desde dentro, con las contradicciones intactas, sin caer en el «mira lo que aprendí» ni en el «mira lo que sufrí». Solo mostrando cómo funcionaba su pensamiento mientras ocurría.
Llevo más de una década con sus libros como referencia constante. Son libros de cabecera a los que sigo volviendo, porque cada vez que los releo descubro algo nuevo sobre mí misma. Y lo que más me ha marcado no es lo que cuenta, sino cómo lo cuenta: sin red de seguridad, desde el proceso mientras ocurre.
Traer su legado a primer plano hoy no es una cortesía de aniversario. Es recuperar una forma de entender la exploración de la conciencia que sigue siendo urgentemente necesaria, especialmente en un momento en que el campo psiquedélico se expande, se profesionaliza y se formaliza, pero no siempre se profundiza desde dentro.
Mucho más que un compendio de sustancias
PiHKAL y TiHKAL son referencias ineludibles dentro del campo psiquedélico. Quien no los ha leído de verdad a veces asume que son principalmente libros de química: síntesis, compuestos, dosis. Y sí, esa parte está ahí. Pero quien los ha leído sabe que son mucho más que eso.
La parte narrativa no es contexto decorativo ni relleno entre fórmulas. Es donde está el aporte de mayor valor, y ahí Ann es una pieza imprescindible.
Ann amplió el mapa de la experiencia interna. Lo hizo detallando sus propios sistemas cognitivos con una maestría que pocas veces he encontrado en la literatura psiquedélica, y exponiéndolos desde la vulnerabilidad, algo especialmente difícil en un campo donde las conversaciones suelen orientarse hacia la parte bonita de las sustancias: la conexión, la gratitud, la apertura. Lo luminoso. Lo que se suele omitir, o al menos no narrar con la misma profundidad, es la parte incómoda. La que implica mirarte de frente y ver cosas que preferirías no ver.
Ann narraba exactamente eso.
La mayoría de autores que escriben sobre experiencias con enteógenos describen revelaciones, sentimientos de unidad con el todo, profundas transformaciones. Todo eso es real y tiene su valor. Pero pocas veces, muy pocas, alguien narra desde dentro lo que significa enfrentarte a tus propias contradicciones, a tus mecanismos de evitación, a lo que preferirías seguir ignorando de ti mismo. Sin adornarlo. Sin convertirlo en una historia de superación. Solo mostrando el proceso tal como ocurre.
Ann hace otra cosa: se observa a sí misma mientras ocurre y lo narra con una honestidad que no le hace falta justificar. No convierte su experiencia en doctrina. La traduce a lenguaje vivo. Cuando la lees habiendo atravesado algo parecido, no piensas «qué interesante». Te reconoces. Algo en lo que ella describe ya estaba en ti pero no tenía nombre todavía.
Y esa es exactamente la diferencia entre leer un manual y absorber una forma de mirar. Una guía te dice qué hacer. Ann te muestra cómo ella lo hizo, con toda la incomodidad intacta, y sin darte cuenta acabas integrando algo que no es información sino calibración. Una forma de estar dentro de la experiencia que, llegado el momento, termina operando sola. Lo que Ann hizo en PiHKAL y TiHKAL no tiene un nombre exacto en la literatura terapéutica ni psiconauta. La palabra más cercana que se me ocurre es metacognición: pensar sobre el propio pensamiento, observar los mecanismos internos mientras operan. Ann lo llevaba más lejos: no solo observaba, sino que narraba lo que veía con precisión, incluyendo sus propias contradicciones y los momentos donde no tenía respuesta clara. Partiendo de la psicología junguiana como base, Ann la amplía poniéndola en primera persona, que es exactamente como avanza el conocimiento: no hay dioses, hay piezas que se van sumando. Y lo que ella suma es su propia experiencia vivida, sin idealizarla.
El resultado es una de las aportaciones más precisas al autoconocimiento experiencial que conozco.
El método en acción
Lo que salía de ese proceso no eran teorías. Eran mapas que, cuando uno los recorre habiendo atravesado algo parecido, no se entienden. Se reconocen.
En PiHKAL hay un capítulo llamado «Crisis» que debería ser lectura obligatoria para cualquiera que trabaje con psiquedélicos en contextos de exploración personal. Ann describe un período de varios días en el que algo se mueve en su interior que no consigue identificar ni digerir: una especie de crisis existencial larvada que no tiene nombre todavía, pero que le exige atención y le impide prácticamente realizar cualquier actividad. En medio de ese proceso, sin haber resuelto nada, decide tomar MDMA. No para escapar, sino para darse lo que ella llama «unas vacaciones mentales»: cuatro o cinco horas de pausa en su estado ordinario de conciencia, un espacio donde no tiene que seguir rumiando, donde puede descansar del peso de lo que está atravesando y ver las cosas, si no con claridad, al menos desde otro ángulo. No pretende que la sustancia le dé las respuestas. Le pide simplemente que le deje respirar.
Esa distinción —entre usar la MDMA para resolver y usarla para sostener— es pequeña en apariencia y enorme en la práctica.
En el capítulo «Siberia», en cambio, es Sasha el protagonista de una de sus rabietas recurrentes: esos períodos de ofuscamiento y rabia con el mundo que lo dejaban bloqueado. Ann le propone tomar MDMA. Él resiste, cede sin mucho entusiasmo, y lo que ocurre no es ningún milagro: solo la posibilidad de abrirse un espacio en el ofuscamiento, ver las cosas con algo más de perspectiva, salir del bucle. Después Ann descubrió que no necesitaba la sustancia para ese efecto —bastaba con reírse de él en el momento adecuado y cambiarle la vibración— pero lo que importa no es el resultado sino la observación: Ann viendo, en tiempo real, cómo opera la MDMA sobre el pensamiento rígido de otra persona, dónde abre grietas y dónde no sirve de nada.
Yo lo comprobé en mí misma. Recuerdo un momento de ofuscación total, completamente identificada con lo que me estaba pasando, sin ningún espacio interior para observar nada. Sin ninguna gana de moverme de ahí, tampoco. Y en algún punto me acordé del capítulo de Siberia. Me dije: no tengo ni puñeteras ganas, porque seamos honestos, es muy difícil asumir cuando estamos enfadados con el mundo que posiblemente no estamos observando la realidad con sus múltiples facetas, pero lo voy a comprobar. Y lo que ocurrió fue exactamente lo que Ann describía: donde no había espacio, apareció uno. No resolví nada, pero sí pude ver qué estaba pasando, qué parte era mía y qué parte era solo ruido de fondo. Eso no lo aprendí en ningún curso ni en ningún protocolo. Lo había absorbido leyéndola, sin saber que lo estaba haciendo. Y cuando llegó el momento, simplemente ya estaba ahí.
Y fue cuando entendí algo que antes no tenía tan claro: no es que Ann me estuviera guiando en ese momento, es que después de leerla tantas veces, su forma de mirar ya estaba dentro de mí. En TiHKAL hay un capítulo titulado «Lugares mentales» donde Ann cartografía algo sin precedente en la literatura psiquedélica de la época: los territorios arquetípicos de la mente que aparecen de forma recurrente en las experiencias con psiquedélicos. Los describió como posiciones mentales reconocibles, estados del yo que tienen su propia lógica interna y que uno aprende a identificar una vez que sabe que existen. Fenomenología aplicada. Ciencia hecha en el laboratorio de la propia psique.
En «La argucia brasileña», narra un viaje a Brasil al que ella y Sasha son invitados por un agente que organiza retiros de MDMA para personas con mucho dinero. El relato es devastador en su sutileza: Ann no critica ni sermonea. Describe lo que ve al llegar, cómo funciona el entorno, qué observa en la gente que participa. Y en un momento dado, ella y Sasha se miran y los dos saben que el precio de acceso a esos retiros supera en miles de veces el coste real de la sustancia. «¿Sabrán que la dosis de MDMA cuesta mucho menos que un dólar?» No hace falta decir más. La crítica estructural está en la observación, no en el juicio. Eso es integridad intelectual.
Pero quizás la aportación más íntima y más valiente de Ann en PiHKAL es la narración de su propio proceso emocional cuando conoce a Alexander Shulgin. Cuando Ann conoce a Sasha, él no está solo: tiene una relación que parece estar a punto de definirse pero que no acaba de cuajar. Y Ann se ve inmersa en una dinámica triangular que la enfrenta a preguntas que muchas personas hemos evitado con toda nuestra energía: ¿qué quiero realmente? ¿qué estoy dispuesta a asumir? ¿cuál es mi responsabilidad aquí? ¿dónde pongo el límite y desde qué lugar lo pongo?
Lo que hace Ann en ese contexto no es buscar revelaciones dramáticas. Es hacerse consciente y verse a sí misma con claridad, observando su propio deseo sin romantizarlo ni demonizarlo. Y desde esa autocomprensión, establecer sus propios límites: no como reacción defensiva sino como acto de conocimiento propio. Lo que más me impactó de esos capítulos no es que Ann lo cuente, es que lo cuente sin ponerse a salvo, con la incomodidad intacta, sin redimirse ni condenarse. Esa forma de escribir sobre uno mismo sin pedirse perdón ni darse la razón es exactamente lo que su trabajo me enseñó a intentar con el mío.
Todo esto —la crisis, Siberia, los lugares mentales, el triángulo, Brasil— no son capítulos independientes de una autobiografía. Son el mismo método aplicado a situaciones distintas. Y ese método tiene un núcleo que atraviesa toda la obra de Ann: la convicción de que no se puede crecer si no se mira lo que no se quiere ver.
La sombra
Carl Jung lo llamó «la sombra». Ann describió la práctica de conocerla, comprenderla e integrarla sin salir corriendo.
La sombra no es el mal ni una entidad oscura separada de nosotros. Es el conjunto de partes de nosotros mismos que hemos aprendido a rechazar, lo que en algún momento nos dijeron que era inaceptable, no digno de amor. A veces son impulsos agresivos o deseos que nos avergüenzan. Otras veces son cosas que no tienen nada de negativo en sí mismas: creatividad reprimida, necesidades emocionales no expresadas, formas de ser que en algún momento no encajaron en el entorno. No reprimimos solo lo que está mal. Reprimimos lo que no encaja.
Y todo lo que se reprime no desaparece. Se desplaza, se acumula y permanece en un estado primitivo, sin transformar, porque no ha tenido oportunidad de crecer en contacto con la conciencia. Gana poder en la oscuridad. Y cuando algo lo activa —el alcohol, una crisis, ciertos estados alterados— irrumpe sin aviso.
El hombre amable que bebe unas copas y se convierte en un monstruo. El chico bueno del que nadie sospechaba nada que un día hace lo impensable y dice, genuinamente desconcertado: No sé qué me pasó. No era yo. Y es verdad. No lo sabe. Porque nunca miró esa parte de sí mismo. La psicología junguiana propone confrontar la sombra: bajar hacia ella, verla, reconocerla, comprender cómo llegó ahí. Es un proceso valioso. Pero Ann y la hipnoterapeuta con la que desarrolló su método —a quien llama Ruth en los libros— fueron un paso más allá. Diseñaron un método en el que el paciente entraba en estado de trance y Ruth lo guiaba escaleras abajo, tantos pisos como fuera necesario, hasta llegar al sótano donde estaba el monstruo. No hacían que la persona se quedara frente a la bestia. Le hacían entrar en ella. Girarse. Mirar desde sus ojos.
La sombra siempre aparecía en forma animal —un gran felino, un lobo, un simio— y el terror que generaba tenía una razón muy precisa: acercarse a ella no es contemplar algo externo. Es arriesgarse a convertirse en eso. La parte sombría de uno mismo cree que es el verdadero yo, la verdad oculta sobre quién se es realmente. Por eso acercarse da tanto miedo. Y por eso, cuando se entra de verdad, lo que ocurre es completamente inesperado: el miedo desaparece. Solo queda poder. Años de represión convertidos en energía, en fuerza que no había tenido dónde ir.
Una vez hecho esto, la sombra empieza a transformarse. No se vuelve amable ni domesticada. Pero deja de operar como fuerza inconsciente para convertirse en aliada. Como decía Ann: nunca tendrá buenos modales en la mesa, pero estará contigo como un amigo duro y sin miedo.
En una de sus charlas, Ann ilustraba el trabajo cotidiano con la sombra con un ejemplo completamente mundano. Un joven de su familia extendida cuidaba a su abuela anciana sintiéndose profundamente incómodo porque, junto a su amor genuino por ella, existía un deseo perfectamente natural de heredar su patrimonio. Las dos cosas coexistían, y esa coexistencia le resultaba intolerable. Ann le explicó que ambas cosas eran reales y que no se cancelaban entre sí. Que lo único verdaderamente incorrecto sería engañarse creyendo que nunca pensó en el dinero. Que aceptar la complejidad de los propios motivos no los invalida: los hace más honestos.
El joven no pudo escucharla en ese momento. No estaba preparado para permitir que su sombra existiera junto a su bondad.
Este ejemplo pequeño, doméstico, sin sustancias ni dramatismo, encapsula algo esencial: el trabajo con la sombra no es solo para las grandes crisis. Es una práctica continua de observación honesta en la vida ordinaria. La regla es una sola: no importa lo que encuentres, acéptalo. No como aprobación moral, sino como reconocimiento de existencia. Como decía Ann citando a Oscar Wilde: Nada humano me es ajeno. No como provocación, sino como herramienta de integración y de humildad.
La experiencia no es un complemento
Todo esto que Ann describía tiene una implicación que el campo psiquedélico actual no siempre está dispuesto a asumir. En los últimos años han proliferado los cursos de facilitación, las certificaciones de acompañamiento y los protocolos clínicos. El conocimiento técnico es necesario y hay personas formándose con seriedad real. Pero hay una cuestión que rara vez se plantea con la claridad suficiente, y que Ann formuló con incómoda precisión:
«Básicamente hay dos formas de hacerlo. Uno es pasar por un proceso guiado. En estos días suele ser con un terapeuta. Y en mi opinión, tiene que ser un terapeuta que haya pasado por el proceso por sí mismo. Nadie más debería intentar hacer este trabajo con un paciente.«
Acompañar a alguien en un territorio donde pueden aparecer aspectos profundamente desestabilizadores —la confrontación con la propia sombra, la sensación de pérdida de identidad, el miedo real a que lo que aparece sea la verdad sobre uno mismo— no es solo gestionar una sustancia ni aplicar un protocolo. Ahí es donde la formación teórica encuentra su límite. No porque no sea válida, sino porque hay una diferencia fundamental entre conocer un proceso y haber estado ahí. La creciente formalización del acompañamiento psiquedélico corre el riesgo de confundir acreditación con profundidad experiencial. No se trata de desacreditar la formación. Se trata de recordar que en este tipo de procesos la experiencia no es un complemento. Es la base. Y que hay una autoridad que no se puede delegar ni certificar: la que viene de haber estado en ese lugar y haber vuelto con las piezas mejor encajadas.
Yo misma lo he comprobado de primera mano. Tenía una guía escrita sobre el uso de MDMA como herramienta de introspección, terminada y lista para publicar. Cuando llegó el momento me detuve porque algo no encajaba. El contenido era valioso, pero había una contradicción que no podía ignorar: le estaba diciendo a la gente exactamente lo que tenía que hacer. Y eso iba en contra de todo lo que había aprendido de Ann. Ella no prescribió. Mostró. Narró sus propios procesos con suficiente honestidad para que el lector pudiera coger lo que le servía y descartar lo que no, sin que nadie le arrebatara la autonomía de sacar sus propias conclusiones. Tiré la guía. Y la empecé de otra forma, enfocándome en la metacognición de las propias experiencias. El resultado es el libro que estoy construyendo ahora, titulado Días para no olvidar, luces y sombras de una psiconauta, del que ya hay un adelanto publicado en esta misma web. Si mis textos existen, los que se han publicado y los que aún no, es en gran parte gracias a que Ann se atrevió a detallar sus propios procesos.
Honestidad radical
Si tuviese que nombrar con dos palabras el núcleo de lo que Ann practicaba y enseñaba sin decirlo explícitamente, serían esas: honestidad radical.
No honestidad como virtud abstracta. No la honestidad de decirles la verdad a los demás. Sino la más difícil y la más esquivada: la que se ejerce con uno mismo. La que implica sentarte, mirar lo que está pasando dentro de ti y decir qué parte de eso es tuya. Qué es tu responsabilidad y qué no lo es. Qué quieres de verdad y qué estás haciendo por miedo, por costumbre o por no soportar la incomodidad de elegir. Qué estás dispuesta a asumir y qué no. Dónde pones el límite y desde qué lugar lo pones.
Eso no es fácil. Es, de hecho, una de las cosas más difíciles que existen. Porque el autoengaño es cómodo. Porque culpar a las circunstancias es más sencillo que asumir la propia parte. Porque la narrativa de «esto me pasó a mí» es mucho más llevadera que la de «esto también tiene que ver conmigo».
Ann no huía de esa segunda narrativa. La habitaba. Y lo hacía en voz alta, por escrito, con todo el detalle que hace falta para que quien la lea pueda reconocerse en lugar de solo entender.
El discurso contemporáneo sobre psiquedélicos ha tendido a suavizar precisamente esto. Se habla de apertura, de sanación, de conexión emocional, de experiencias transformadoras. Todo eso tiene su parte de verdad. Pero rara vez se profundiza en lo que Ann defendía: que los procesos de autoconocimiento no son gratuitos. Siempre tienen un coste. Tienen luces y tienen sombras. Y hay que integrarlas todas, no huir de ellas. Porque una vez que has visto cómo funcionan tus propios procesos cognitivos, aunque sea a través de la MDMA, ya no puedes seguir mintiéndote. Lo que las sustancias pueden hacer, cuando se usan con esa intención, es desactivar temporalmente los filtros cotidianos y ponerte frente a ti mismo con total honestidad. Pero el trabajo sigue siendo tuyo.
Ninguna herramienta hace el trabajo por ti.
Hace relativamente poco, leyendo a Rachel Nuwer en I Feel Love, encontré una información que me hizo verla todavía más cercana: Ann también llevó el uso de la MDMA más allá de lo que hoy sabemos que no es adecuado, y asumió el coste de ello.
Llevaba once años sintiéndola cercana, pero entender que ella también conoció la cara oscura de la MDMA en primera persona la acercó todavía más. Porque Ann también forzó una herramienta sin saber aún del todo cómo funcionaba. También descubrió sus límites atravesándolos. Y aun así dejó algo que seguirá siendo útil mucho después de su muerte. Eso no es solo generosidad. Es el ejemplo más concreto que conozco de lo que significa tener autoridad experiencial en este campo.
«El objetivo es hacer consciente la sombra inconsciente, traerla a plena conciencia y permitir que se transforme de monstruo en aliado.«
Esas enseñanzas no caducan. No se pueden reemplazar con un protocolo ni con un título. No he encontrado en psicología nada que se acerque de todo a lo que Ann dejó en estos libros. Son atemporales. Y seguir leyéndola, seguir pasando su trabajo a quienes se acercan a este campo por primera vez, es una de las formas más concretas que se me ocurren de honrar el legado que nos dejó. La honestidad y la valentía radical con uno mismo como forma de estar en el mundo, sabiendo que el día que partamos solo le debemos cuentas a nuestra propia conciencia.
Feliz cumpleaños, Ann. Bendiciones.
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