¡Prepárate para leer la crónica más alucinante, psicodélica y rocambolesca de la historia criminal! Aquí tienes el relato de la fuga de Timothy Leary, el tipo que decidió que Harvard era demasiado estrecho para su mente expandida.

El Gurú del ácido vs el «Tricky Dick» Nixon
Imagínate que estamos en 1970 y el enemigo público número uno del FBI no es un gánster con metralleta ni un atracador de bancos con antifaz, sino un profesor de Harvard de cincuenta tacos. Timothy Leary no quería tu dinero; quería que te metieras un cartoncito de LSD debajo de la lengua para «encender tu mente» y, de paso, mandar a la porra toda autoridad establecida.
Para el estiradísimo gobierno de Richard Nixon, Leary no era un académico, era un virus subversivo y ponzoñoso que estaba dejando el cerebro de la juventud americana como un huevo frito. Así que, con una mala leche histórica, aprovecharon que lo pillaron con un par de tristes cigarrillos de la risa (marihuana, para los despistados) y le metieron una condena de décadas para que se pudriera entre rejas.

Los Weather Underground: radicales con explosivos y poca paciencia
Pero Nixon, en su infinita miopía política, no contaba con que Leary tenía unos amigos audaces, forrados de pasta y peligrosamente organizados. En medio de una olla a presión social con la guerra de Vietnam de fondo y el movimiento hippie en su apogeo más floral, aparecieron los Weather Underground.
Estos no eran los típicos hippies mugrientos que repartían margaritas y cantaban al amor libre; eran estudiantes radicales de clase media con un nombre sacado de una letra de Bob Dylan. Su filosofía era sencilla: las manifestaciones son para perdedores; el sistema se cambia con bombas y acción directa.
La gran evasión: del ácido a la cuerda floja
La operación de rescate fue un delirio de película de espías de serie B, financiado por la Hermandad del Amor Eterno. Esta «mafia hippie» —que distribuía LSD como si fueran caramelos— soltó la friolera de 25,000 pavos de la época (unos 200,000 dólares actuales) para sacar a su «mesías» de la trena. Pero ojo a la jugada maestra de Leary, resumida en tres puntos:
1) El test del espejo: Leary, que era un psicólogo brillante, se enfrentó a los tests de personalidad de la cárcel que él mismo había ayudado a diseñar años atrás.
2) El camuflaje perfecto: Respondió de forma tan magistral que convenció a los guardias de que era un viejito inofensivo, aburrido y más predecible que una siesta.
3) La fuga ninja: Lo mandaron a un módulo de mínima seguridad y una noche, el muy fenómeno escaló una valla, se deslizó por un cable telefónico sobre una autopista y saltó a una camioneta que lo esperaba en la negrura más absoluta.
Un tour surrealista: de Argelia a Kabul
Lo que siguió fue una huida frenética y lisérgica por medio planeta. Con pasaportes más falsos que un billete de madera, Leary y su esposa Rosemary se largaron a Argelia, donde los acogieron los Panteras Negras. El choque cultural fue épico: los Panteras eran revolucionarios serios y disciplinados en pie de guerra, mientras Leary solo quería parlotear sobre la expansión de la consciencia y vivir como una estrella del rock entre nubes de colores.
Al final, Leary tuvo que escapar también de ellos, saltando de Suiza a Afganistán con la Interpol pegada a su trasero. La fiesta se acabó en un aeropuerto de Kabul en 1973. ¿Cómo lo pillaron? O fue la presión diplomática brutal de EE.UU. amenazando con cortar el grifo de las ayudas a los afganos, o simplemente que Leary se volvió un sobrado y pensó que nadie lo vería bajar del avión.
El regreso y el final intergaláctico
De vuelta a casa, le encasquetaron una fianza de cinco millones de dólares (la más alta de la historia hasta entonces) y acabó compartiendo bloque de celdas con el mismísimo Charles Manson.
Pero, ¡giro de guion! Nixon dimitió por el Watergate, llegó el gobernador Jerry Brown y el ambiente se relajó. Leary salió en libertad en 1976, aunque con la mancha de haber chivado cositas al FBI sobre sus rescatadores (aunque no hubo detenciones por esta causa). Pasó sus últimos días flipando con el internet y la exploración espacial, tan convencido de que el futuro molaría que, cuando murió, pidió que lanzaran sus cenizas al espacio.