Desde su llegada en el siglo XVI de la mano de los españoles, la marihuana, traída en principio para la producción de fibra, acabó tomando los callejones del distrito Rímac de Lima y otras zonas más escondidas de las provincias del Perú. En la actualidad, el estatus de la marihuana en Perú resulta un tanto curioso y complejo, tejiendo una hebra invisible pero resistente en la identidad contemporánea y urbana de Perú. Este «Perú Humeante» no solo recorre la transición del estigma hasta la legalidad medicinal, sino que explora cómo el cannabis ha permeado el arte, la jerga hablada y hasta la contracultura, desafiando el conservadurismo y moldeando a toda una generación que ve en el cannabis, un símbolo de resistencia cultural y una nueva forma de entender la libertad individual, lo que nos puede recordar a aquella sentencia emitida por Carl Gustav Jung en la que nos dijo que: «La identidad no hace posible la conciencia; sólo la separación, el desapego y la confrontación agonizante a través de la oposición son los que proporcionan conciencia y comprensión», por lo que el poder de la marihuana como catalizador, esta trayendo un nuevo despertar mental a los peruanos, digamos, de a pie. Cabe destacar la notable labor de la asociación, sin fines lucrativos, 420 Green Cure, la primera asociación de cannabis legalmente constituida en Perú, destacando que obtuvieron su legalidad el 19 de agosto de 2019. Esta asociación, según el portal de Wikipedia, trajo los siguientes beneficios sociales a la población en general:
Acceso a tratamientos médicos: Facilita la producción nacional de cannabis medicinal, reduciendo costes y asegurando productos de calidad para los pacientes que lo necesitan.
Avance en la investigación científica: Permite el desarrollo de estudios sobre el cannabis y sus aplicaciones terapéuticas en diversas patologías, promoviendo evidencia científica en el país.
Fortalecimiento del marco regulatorio: Sienta un precedente legal y administrativo para futuras iniciativas de cultivo y producción en el país.
Impulso a la industria nacional: Fomenta la creación de empleos y el desarrollo de una economía basada en el cannabis medicinal, con beneficios para agricultores, investigadores y profesionales de la salud.
Concienzación y educación: promueve la difusión de información sobre los usos médicos del cannabis, combatiendo el estigma y permitiendo una mayor aceptación social.
Por otro lado, debemos resaltar el uso recreativo del cannabis, que ha ido moldeando el pensamiento de la «cultura chicha contemporánea» de los jóvenes peruanos, ya que la marihuana ha pasado de ser un elemento marginal a ilegitimarse dentro de la escena urbana. En espacios de música, por ejemplo, su presencia se manifiesta tanto en la lírica de nuevos grupos que exploran la hibridez entre cumbia y ritmos modernos, como en la estética visual, donde los colores neón y las formas psicodélicas de los carteles tradicionales encuentran un nuevo eco en la simbología de la cultura cannábica. Este vínculo no solo refuerza el carácter de la cultura chicha como una forma de resistencia cultural frente a las normas hegemónicas, sino que también refleja una asimilación por parte de industrias creativas que utilizan este imaginario para conectar con una juventud urbana que celebra la mezcla de lo popular, lo andino y lo global. Así mismo, la marihuana dentro de la historia del cine peruano, ha transitado desde una representación marginal y estigmatizada hacia una herramienta de exploración estética y social. Durante las décadas de 1970 y 1980, su presencia solía estar confinada a personajes de los bajos fondos, sirviendo como código visual para denotar rebeldía o delincuencia en el «cine social» de la época. No obstante, directores como Aldo Salvini comenzaron a utilizar atmósferas psicodélicas y alucinógenas en sus cortometrajes para retratar la fragmentación mental y la crisis de la sociedad peruana, alejándose del simple juicio moral para usar la marihuana como un recurso expresivo de la contracultura urbana. Dentro del cine contemporáneo, la influencia del cannabis ha derivado hacia el activismo y la experimentación digital. Obras como el documental Sinergia (2021) han sido parte fundamental para cambiar la narrativa nacional, enfocándose en el cannabis medicinal y los beneficios terapéuticos para pacientes oncológicos, por ejemplo, lo que ha ayudado a desmitificar su consumo ante la opinión pública. Cineastas como Juan Daniel F. Molero han ido integrando una estética «alucinógena» y experimental en ficciones que exploran la identidad de la generación digital, consolidando a la marihuana ya no como un tabú, sino como un elemento de la cotidianidad y la búsqueda artística moderna. Películas peruanas como No se lo digas a Nadie, Django, Ciudad de M o Máncora, presentan escenas donde los personajes consumen abiertamente marihuana, retratando, así, a buena parte de la juventud peruana que son consumidores de cannabis. Por otro lado cabe mencionar que dentro del ámbito artístico peruano, diversas figuras tanto del cine, la música o la televisión han visibilizado el consumo de marihuana, ya sea desde una perspectiva recreativa o como defensores del uso medicinal. En la televisión, personajes como Christian «El Loco» Wagner han admitido públicamente ser consumidores de marihuana, de hecho Wagner mencionó que utiliza el cannabis para manejar la presión laboral durante su etapa como productor de programas.
Cabe mencionar también, que el reconocido actor Carlos Alcántara ha sido una de las voces más activas en la defensa del cannabis, abogando ante el Congreso por su legalización para uso medicinal. Por su parte, la actriz y presentadora Francesca Brivio se convirtió en una figura emblemática del activismo cannábico en Perú, compartiendo cómo esta sustancia mejoró su calidad de vida frente a una enfermedad crónica. Finalmente, dentro de la música, las agrupaciones históricas de rock psicodélico como Traffic Sound ya integraban referencias a la cultura de las drogas en los años 70, y en la actualidad, diversos artistas del género Urbano (Rap y Reggaeton, del cual destaca el grupo Callao Cartel), Metal, Reggae y la música electrónica, mantienen una postura de apertura frente al consumo dentro de sus procesos creativos. Incluso en la llamada «farándula lorcha», no sería extraño ver a personajes del espectáculo como Alexandra Méndez, Flavia Laos, Matilde León, Tilsa Lozano, Leslie Shaw, Karime Scander, Adriana Campos Salazar, Merly Morello e incluso ex-futbolistas peruanos, consumiendo marihuana. También vale recordar que dentro de la política peruana, tenemos congresistas que han expresado haber consumido marihuana, como lo hicieron Daniel Olivares y Sigrid Bazán, o estar a favor del consumo recreativo como es el caso de Kenji Fujimori o Adriana Tudela.
En conclusión, la marihuana ha dejado de ser un tabú marginal para convertirse en un hilo conductor que atraviesa la identidad popular y la creatividad peruana. Desde los ecos psicodélicos de la cultura chicha, donde la experimentación sonora sirvió como refugio frente a la crisis social, hasta su actual presencia en la defensa del cannabis medicinal por parte de figuras públicas, la marihuana ha funcionado como un catalizador de resistencia social y modernidad. Su influencia no solo ha transformado la estética visual y musical del país, sino que también ha traido un diálogo necesario sobre la libertad individual y la re-apropiación de lo popular, consolidándose como un símbolo de la transgresión cultural que define al Perú contemporáneo y que podría consolidarse favoreciendo el desarrollo de cepas made in Perú. Y como dijo Carl Gustav Jung: «El mundo está cambiando y yo estoy en el equipo de transición. Despierta y haz brillar tu luz para que otros la sigan. El privilegio de la vida es convertirte en quien realmente eres».