La vida como sobredosis de sinceridad

Juan Carlos Usó. Septiembre, 2026

Hace unos años, en las páginas del número 23 de Ulises (Revista de viajes interiores), escribí que si Eduardo Hidalgo Downing todavía no había recibido el diploma de Gonzo Mayor del Reino era, como decía su editor Chema de la Quintana, porque «somos perdedores de primera». Pues bien, con Memorias de heroína y desamor el bueno de Edu se ha expedido el título él solito, a mano, con letra de médico y sin esperar a que nadie se lo firme. Treinta y tantos capítulos, todos con nombre de palabra culta y sonido de diagnóstico —Tanatonáutica, Insania, Mendicidad, Misantropía, Cainismo, Herótica (sí, con h)—, como si el índice del libro fuera, en realidad, el prospecto de un medicamento que jamás debería haberse recetado y que, sin embargo, aquí sigue, treinta y tres años después, funcionando a su manera.

Hidalgo durante la presentación del libro en Madrid
Hidalgo durante la presentación del libro en Madrid

Quien haya leído aquel perfil recordará al personaje: psicólogo, máster en Drogodependencias, coordinador durante una década de Energy Control, autor de ensayos sobre ketamina, heroína y un montón de drogas más. Un tipo capaz de fumarse un escorpión o inyectarse lo que sea con tal de comprobar en sus propias carnes si es verdad lo que se cuenta. En este nuevo libro, ese mismo Hidalgo deja el ensayo divulgativo y se pone él como conejillo de indias narrativo. El resultado es un texto que cumple, casi con obsesión de manual, las tres reglas del gonzo que ya citamos entonces —busca un suceso, sumérgete en él y conviértete en la historia—, solo que en este caso el suceso dura tres décadas y el que se sumerge es el propio autor, hasta el fondo, y luego un poco más.

Lo primero que sorprende es que un libro sobre heroína pueda hacer tanta gracia. Hidalgo tiene el don del que ha visto pasar por delante lo peor y ha decidido reírse de ello antes de que se lo cuenten mal otros. Hay sobredosis, narcosalas, gitanos, camellos con más ética que muchos funcionarios, policías, psicosis y algún que otro amigo que no vuelve a aparecer en el capítulo siguiente sin que se explique por qué. Y sin embargo el tono nunca es el del arrepentido de telefilm ni el del cronista compasivo: es el de alguien que cuenta su propia vida como quien relata las hazañas de un colega al que quiere mucho, pero al que, honestamente, no recomendaría a nadie como modelo a seguir.

Puede que a quienes siguen habitualmente la web Universo Ulises les extrañe que me detenga en un libro de esta temática. Lo entiendo: no es santo de nuestra devoción cualquier testimonio sobre heroína, y los hay a patadas, casi todos igual de previsibles. Pero conviene aclarar que Eduardo Hidalgo no es un “pasao” ni un yonqui al uso, de esos que arrastran la adicción como quien arrastra una condena. Es, de los pies a la cabeza, un auténtico psiconauta, alguien que ha convertido el consumo en objeto de estudio, en método y hasta en vocación intelectual, sin dejar nunca de mirarse a sí mismo con la misma curiosidad clínica con la que miraría a cualquier otro sujeto de laboratorio. Por eso este libro interesa a Universo Ulises tanto como cualquier crónica psiconáutica: porque detrás del desastre hay, siempre, un explorador con bata blanca metafórica, tomando notas.

Y luego está el desamor, claro. El desamor encarnado sobre todo en Ana —Miss AlcohólikA—, con quien vivió, según cuenta él mismo, su época «más yonkarra»: la de los chutes compartidos, las fiestas ajenas invadidas para follar en cualquier cuarto libre, la ternura rara de dos personas que se quedan dormidas de pie en mitad de una clase de grafología. Ese hilo sentimental es lo que impide que el libro se quede en catálogo de anécdotas extremas: hay amor de verdad debajo del desastre, y eso es otra cosa que lo distingue de tantos relatos de submundo que solo buscan epatar.

Al final hay hasta glosario —para quien no distinga un chute caliente de una manzana azul— y un bonus track de reflexión sobre la heroína que reconecta con el Hidalgo ensayista de siempre, el que compara la prohibición con el montañismo y le busca las vueltas dialécticas a la Fiscalía Antidroga. Ese vaivén entre la carcajada, el escalofrío y el argumento razonado es, me parece, la firma real del estilo: no hace falta ponerse el sombrero de Raoul Duke ―alter ego de Hunter S. Thompson― para escribir gonzo cuando ya se ha vivido lo suficiente como para que la propia vida haga ese trabajo por ti.

¿Es Memorias de heroína y desamor el libro más gonzo del gonzo hispano, por encima incluso de El Dorado de Juan-Cantavella? Me reservo la respuesta, como hice entonces. Pero desde luego confirma lo que ya intuíamos en aquel artículo: que Eduardo Hidalgo no necesitaba mirarse en el espejo de Hunter S. Thompson para parecerse a él. Simplemente esperó a que le pasara la vida por encima y luego se puso a escribirla, con la misma falta de vergüenza con la que antes se ponía a fumarse cualquier cosa “solo para ver qué pasa”.

Eduardo Hidalgo y Juan Carlos Usó
Eduardo Hidalgo y Juan Carlos Usó

Aviso:

El libro trata de manera directa la adicción a la heroína, sobredosis y otros contenidos crudos. No es apto para quien busque una lectura ligera, pero sí para quien quiera literatura sin anestesia.

ulises.online
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