Hay quien colecciona sellos, quien guarda objetos antiguos y quien no puede resistirse a la fascinación por los seres raros: esas criaturas heterodoxas, misteriosas y de contornos borrosos que se empeñan en vivir fuera de norma. Nosotros pertenecemos a esa estirpe, la de los que persiguen personajes indescifrables, capaces de levantar un imperio con una mano mientras con la otra se borran el rostro. Y pocas figuras encarnan esa especie mejor que la protagonista de esta historia.
Había una vez una editora que dirigía una de las revistas más influyentes de España, conseguía que un presidente de un importante grupo mediático posara con un casco de Darth Vader, hacía llorar de gusto a Premios Nobel del ego y, sin embargo, no había ni una sola foto suya en internet.
¡Bienvenidos a la historia de Mar de Marchis, la fundadora fantasma de Jot Down, el “New Yorker español” que durante años estuvo dirigido, literalmente, por una voz al teléfono!
El personaje: abogada, italiana y de armas tomar
Según se contaba —y se creía a pies juntillas—, Mar de Marchis era una abogada de unos treinta años, de ascendencia italiana, que representaba a empresas y futbolistas mientras viajaba sin parar entre Londres, Roma y Barcelona. Nunca tenía tiempo para quedar en persona. Eso sí, llamaba a deshora, escribía WhatsApps a las cinco de la mañana como si la conversación no se hubiera interrumpido nunca y enviaba fotos de una mujer atractiva que, según decía, era ella. Con ese cóctel de misterio, insistencia y carisma, fue capaz de fichar a firmas como Antonio Muñoz Molina, Fernando Savater o Maruja Torres, y de convertir a Jot Down en el sitio donde había que publicar si querías que te tomaran en serio. O eso, al menos, decía la leyenda.
La opacidad alimentó todo tipo de teorías: que era hija de José María Aznar, que en realidad era Paloma Gómez Borrero (su marido se apellidaba, oh casualidad, De Marchis), que era un hombre con un filtro de voz, o directamente que era el propio periodista Enric González disfrazado de mujer. Ninguna de esas hipótesis hacía justicia a lo que de verdad había detrás de la cortina, que resultó ser bastante más conmovedor que cualquier teoría de bar.
La bola se destapa
En 2017, El Confidencial tiró del hilo y descubrió que detrás de Mar de Marchis se escondía María Jesús Marhuenda Irastorza, una empresaria de Santa Pola (Alicante) nacida en 1968, de familia con dinero hecho en la construcción y el congelado de marisco. Nada de abogada londinense ni de aristócrata italiana: «Chus», como la llamaban en su pueblo, había sufrido varias crisis nerviosas, se había divorciado tras la muerte de su padre y llevaba años recluida en casa por una agorafobia severa. Crear a Mar de Marchis no fue un capricho de marca personal, sino, según contó ella misma poco después en la única entrevista de su vida (concedida a Vanity Fair, de madrugada, en un jardín de San Sebastián, sin fotógrafo y de espaldas al mar para que no se le viera bien la cara), una manera de no volverse loca y de tener una excusa para salir de casa sin salir de casa.
El truco funcionó de maravilla durante años: cuando alguien insistía en ponerle cara, ella mandaba fotos de una amiga peluquera del pueblo y asunto resuelto. Por teléfono y por WhatsApp era arrolladora; en persona, prácticamente no existía. Apenas un puñado de colaboradores —entre ellos Enric González y el dibujante Mikel Urmeneta— llegaron a verla alguna vez.

La socia en la sombra (y en Sevilla)
Si Mar de Marchis era la voz y el mito, Ángel L. Fernández era el ancla a tierra firme: el socio que cuadraba las cuentas, trataba con proveedores y, de paso, hacía de escudo humano frente al carácter torrencial de su jefa. Se conocieron, cómo no, en un foro de internet, donde ella firmaba como Shizuka —una de sus muchas identidades virtuales, junto a Bluevelvet, Isabella, Jun o Libertad—. Que la revista sobreviviera al vendaval creativo de Mar y aun así pagara las facturas a tiempo es, según cuentan antiguos colaboradores, en gran parte mérito suyo.
Los patos, el casco y otras hazañas de guerrilla mediática
Si hay una imagen que resume el poder de persuasión de esta mujer que nadie veía, es esta: convenció a Juan Luis Cebrián, entonces presidente de PRISA, de posar con un casco de Darth Vader en su propio despacho… y ella ni siquiera se presentó el día de la foto. Para sellar el acuerdo que llevó Jot Down Smart a los quioscos junto a El País, mandó veinte patos vivos a la redacción de la calle Miguel Yuste de Madrid en homenaje a su primera portada (inspirada en Los Soprano). Las aves, cuentan las crónicas, se cobraron como víctima colateral la mítica moqueta psicodélica del edificio.
El final de la bola
Mar de Marchis falleció en 2022, en Mallorca, tras una larga enfermedad, a los 53 o 54 años según la fuente que se consulte (el misterio, como se ve, ni siquiera respetó la fecha de nacimiento). Su socio anunció la noticia en redes con una frase tan suya como inesperada: que descansara «con otros calamares en las profundidades oceánicas», en un guiño al sobrenombre con el que la conocían sus íntimos, «La Bola», como la bola negra de billar que daba nombre a la cuenta de Twitter de la revista.

Y ahora, el libro que ha reabierto la caja de los truenos
Cuatro años después de su muerte, el periodista Daniel Verdú ha publicado La bola (Alfaguara, 2026), una reconstrucción de su vida que la presenta como síntoma de toda una época: la del periodismo en crisis, las redes sociales devorando jerarquías y la verdad puesta patas arriba. El libro ha generado el consabido revuelo entre quienes trabajaron con ella, varios de los cuales han salido a matizar —o directamente a discrepar— sobre cómo se gestionaba realmente la revista por dentro. Lo cual, dado que estamos hablando de una mujer que construyó su propia leyenda a base de llamadas nocturnas y fotos prestadas, resulta de lo más coherente: ni muerta deja de generar versiones contradictorias sobre sí misma.

Al final, puede que la mejor definición de Mar de Marchis sea la más sencilla: una mujer que no quería que la vieran, y que precisamente por eso consiguió que la viera —o creyera verla— media España.