No es una cura, pero es un comienzo

Luis Miguel Ortega Paniagua

 “La solidaridad es algo hermoso. Pero lo que vemos florecer por ahí no es solidaridad. Volverá a renacer del conocimiento del individuo por los individuos y durante algún tiempo transformará el mundo. La que hoy existe no es más que espíritu gregario. … Hará patente la miseria de los ideales actuales, se saldarán las cuentas con los dioses de la Edad de Piedra. Este mundo, tal como es ahora, quiere morir, quiere sucumbir y lo conseguirá”. 

Con estas palabras pronunciadas por Demian, personaje de su creación, formuló Herman Hesse una demoledora crítica al “espíritu europeo” que reinaba allá por 1919, juicio aún extrapolable al contexto actual. 

En un mundo cada vez más globalizado, competitivo y al mismo tiempo cada vez más separado de sus raíces, donde los logros tecnológicos han facilitado que, pese a la conexión aparente, nos hayamos desvinculado a pasos agigantados de nuestro propósito como sociedad y como seres humanos, no es de extrañar que la salud mental sea uno de los problemas que más afligen a la colectividad. 

Prima el interés individual, el demostrar que uno tiene más que el otro, que viaja más, que su trabajo es mejor, que hace más ejercicio… y mientras tanto, el esperpéntico espejo que han resultado ser las redes sociales, sumado al contexto cada vez más asfixiante al que se enfrentan las personas de a pie, nos ha dejado como legado la depresión, la ansiedad, las adicciones, y toda una retahíla más de patologías, síntoma de la distopía que nos ha tocado vivir. 

No faltan quienes han visto la oportunidad de mercantilizar el sufrimiento, y ofrecen supuestas soluciones que no hacen más que paliar someramente los síntomas de quienes sufren, y cronificar su patología con medicaciones que crean dependencia, y poco hacen por ir a la verdadera raíz del problema. 

La Big Pharma se niega a soltar los trozos de un pastel que fue repartido ya hace mucho tiempo, con los que se lucra, si me permiten, de manera prácticamente criminal, y frente a ella, surge un movimiento dentro de la psicoterapia, una corriente humana conocida como el renacimiento psicodélico, a cuyos prometedores resultados y avances se ha puesto todo tipo de barreras. 

Aunque en muchos siga presente el ideal o más bien eslogan que nació con Nixon en 1971, la “guerra contra las drogas”, aún muy socorrida incluso por nuestro gobierno, lo que ha logrado ha sido criminalizar y marginar de manera más patente sectores de la sociedad que ya eran lo suficientemente vulnerables. Sin embargo, pese a ello, sigue siendo una idea hegemónica en la sociedad actual, que lleva a muchos a llevarse las manos a la boca cuando se conjugan los términos psicodélico y psicoterapia. 

A pesar de no estar hablando de una panacea, nada lo es, estas sustancias y la plasticidad cerebral que brindan, acompañadas de una correcta integración terapéutica, han logrado, en dosis muy bajas, y con intervalos largos entre tomas, si es que no ha 

sido necesaria una sola, reescribir la manera en que los cerebros de muchos pacientes interpretan depresiones antaño resistentes al tratamiento, eventos traumáticos, o incluso síndromes de abstinencia tan potentes y socialmente excluyentes como pueden ser los provocados por opiáceos, como llevan probando bastante tiempo los ensayos clínicos realizados con psilocibina, MDMA, o más recientemente los estudios realizados con ibogaína en Reus. 

Volviendo a Demian y Hesse, precisamente veían el problema del ser humano en haber abandonado su espiritualidad, la verdadera al menos. Y aunque el paradigma científico nos haya aportado tanto como sociedad, precisamente dentro del mismo también hay lugar para la investigación y uso de sustancias ya consideradas medicina por culturas ancestrales y milenarias. 

Nuestro contexto ha favorecido que cada vez estemos más desconectados de nuestras emociones, nuestra esencia, nuestro espíritu mismo. Por ello, y especialmente para quienes la medicina convencional no ha resultado satisfactoria, la clave para iniciar una verdadera recuperación puede estar en la medicina psicodélica, que como su propia etimología indica, es un medio para manifestar (dēlos) la mente o alma (psyche), sus anhelos, y trabajar en consecuencia, más que poner un parche químico a los síntomas producidos por nuestros problemas. 

Ese mundo que Demian tachaba acertadamente de alienado, insolidario y miserable, puede estar en efecto asistiendo a sus últimos momentos de vida. No se puede frenar el avance del conocimiento al igual que no se pueden poner puertas al campo, más cuando se trata de la que, para muchos, podría ser la respuesta a la inherente sensación de vacío existencial y falta de propósito de nuestros tiempos. 

Con esto no quiero decir que la clave para sanar nuestro planeta esté en la medicina psicodélica, pero este está compuesto por personas, personas que en su mayoría sufren en silencio, y empezar por paliar esto, con todos los medios a nuestro alcance, es al menos un comienzo. 

“El ave lucha por romper el cascarón. El cascarón es el mundo. Quien quiera nacer, tiene antes que destruir un mundo.” 

Herman Hesse. Demian. 

ulises.online
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