Peppe Fiore es un psiconauta napolitano de 45 años que publica novelas en Einaudi y escribe guiones para series televisivas emitidas por la Rai, Netflix o Sky. A partir de su práctica de la prosa narrativa y ensayística, se ha interesado por un raro subgénero (y hasta una subcultura) que guarda notables paralelismos con la escritura diarística o confesional.
Y así se ha propuesto explorar el cosmos lisérgico a partir de centenares de testimonios de viaje recogidos en la red y, sobre todo, de la plataforma erowid.org, con el objetivo de trazar una suerte de geografía provisional del “lugar eterno”, con sus constantes recurrentes y la sorprendente convergencia de las distintas experiencias individuales.
Hay que decir que los trip reports (cfr. la antología Tripping de Charles Hayes) tienen un padre fundador. Quienes deciden ponerse a la prueba siguen, inevitablemente, las pautas sugeridas por el bioquímico ruso-americano Sasha Shulgin en sus libros PiHKAL y TiHKAL, “historias de amor químico” donde documentaba su propia experiencia de campo, con su correspondiente estructura narrativa, su curva temporal y su escala de efectos.
Con este enfoque el Fiore guionista no sólo advierte un formato típico en este tipo de escritura, que con más o menos fortuna trata de sujetar a lógica lineal un fluido sustancialmente irracional, sino que se entretiene identificando visiones y sensaciones compartidas, nodulares, independientemente de la edad, la condición o la latitud desde las que cada viajero afronta su narración. Provincias como las del tiempo y la eternidad, dios, la autopercepción, la locura, la música y los sonidos balizan este insólito mapa interior.
“En el culmen de la intensidad —escribe—, la psicodelia desmonta las cadenas de significado y las enrolla en espirales de no-significado que se vuelven obsesivamente sobre sí mismas. Creo que no hay ningún psiconauta en el mundo que no haya pensado, al menos una vez en la vida, que se volvía loco y no podía volver a ser el de antes.”
Dios es un gran personaje que comparece a menudo en los reportes: “una presencia tornadiza y caprichosa que se manifiesta, por momentos, en forma de conciencia universal, de luz, de unidad con todo lo creado.” Pero también, alternativamente, “como el caos o como la armonía que rige la creación.”
El tiempo, añade, adopta texturas “elásticas, recursivas, fractales.” El bad trip no sería sino “la impresión de verse atrapados en una espiral temporal que se retuerce angustiosamente sobre sí misma”. Si “la psicodelia desencaja el tiempo y la consecuencialidad de los acontecimientos”, eso nos sitúa en un mundo donde los efectos no proceden necesariamente de unas causas. “En cierto modo, el viaje psicodélico simula el delirio paranoide.”
En cuanto a la percepción alterada de uno mismo, reconoce que “pocas experiencias tan espantosas como la de mirarse al espejo y no reconocerse: tu identidad se descompone misteriosamente y se recombina en una forma que se te parece pero que ya no eres tú. Muchos buscan la disolución del yo, separarse de sí mismos y del sistema de automatismos que gobierna la vida cotidiana, volver al origen anterior al momento en que fuimos arrojados mundo, para poder regresar purificados tras ese abandono.”
También se explaya Fiore en el “aura de eternidad” que durante el piscoviaje, a tenor de tantos relatos, envuelve los objetos, las arquitecturas, los cuerpos mismos. Aun sin distorsionar particularmente, en no pocos casos, la percepción.
Y en el potenciado flujo sensorial interviene, desde luego, el oído. Numerosos testimonios coinciden en que la experiencia sonora es frecuente “compañera de viaje”, incluso a modo de guía o de animadora que brinda insospechados significados. Plantas que hablan, cortezas de árboles o montañas como rostros que respiran, y fundamentalmente la música, única forma de arte (acaso con la poesía) que puede dialogar de tú a tú con las emociones despertadas por el ácido.
Al final, Peppe Fiore llega a una conclusión, más que científica, poética, a propósito de la arquetípica familiaridad con que personas que no se conocen, alejadas entre sí y con vidas y culturas seguramente diversas, acometen en sus propias mentes, y luego dan cuenta de ello, la producción de imaginario. ¿Será que, como intuyó Jung, cada uno de nosotros es capaz de abrir una “ventana a la mente universal”?
