Psiconáutica italiana/4. Filmar el síndrome ayahuasca. En la selva del compadre Burroughs

José Joaquín Beeme. Febrero, 2026

Admirador de la novela homónima de William Burroughs, que en Italia se publicó como Checca [Marica] o Diverso, Luca Guadagnino dirige Queer en 2024, una historia homoerótica que no acaba de sacudirse el claustrofóbico efecto Cinecittà, escasamente realista a pesar de sus envejecidas pátinas años 50, pero de la que nos interesa sobre todo la segunda parte, centrada en la búsqueda y descubrimiento, en el corazón de las tinieblas amazónicas, del misterio de la ayahuasca.

Daniel Craig encarna a William Lee, alter ego que ya utilizó Burroughs en su debut novelístico (Yonki, 1953), un autoexiliado yanqui en Ciudad de México que arrastra por bares y pensiones su cuelgue de heroína, sus frecuentes cogorzas y un rosario de fugaces encuentros nocturnos con jóvenes desconocidos del ambiente gay capitalino.

Hasta que en la vida de Bill, tipo astroso y lamentable que haraganea con otros compatriotas en fuga, se cruza un apolíneo ex marine, Gene (Drew Starkey), que parece caído del cielo para otorgarle una posible redención. Juntos hacen el petate y salen hacia la selva ecuatoriana en busca del yagé, «la liana de los espíritus” cuyos extractos, de propiedades telepáticas según han leído, pueden brindarles un estado de conciencia trascendida.

Entre crisis de abstinencia y amplexos de estética fassbinderiana, llegan a la choza de la doctora Cotter, un personaje áspero, brujesco, desconfiado, que se ha formado en la medicina académica pero hace tiempo ha abrazado las artes del pensamiento mágico. Tras una inicial reluctancia de esta improbable chamán para concederles acceso a su herbario sagrado, pues recela del típico occidental vicioso dispuesto a depredar exotismos y virginidades residuales, el ritual puede dar inicio (en la película, que no en su original literario: Burroughs sólo apuntó la deriva numinosa).

A partir de este momento, el director palermitano se aparta de los asfixiantes decorados filo-mexicanos, más propios de una sit-com televisiva, para echarse a la naturaleza salvaje, a la pura aventura, asumiendo el desafío de mostrar en imágenes universales, compartidas, el enigma alucinatorio, que por su misma esencia sólo puede ser vivido de modo individual e intransferible.

Y lo hace coreografiando, en torno a la hoguera, una ceremonia oscura en que los dos viajeros, luego de un primer momento de aturdida lucidez, vomitan sus propios corazones envueltos en una suerte de bolsón amniótico para, a continuación, en una escena que podría firmar el mismo Cronenberg, empezar a desdoblarse, a entrecruzar sus cuerpos, a fundirse en una sola entidad mística que en los sueños de Bill, cual uroboros, parecía anunciar una serpiente de coral trenzada en curva lemniscata.

Autoconocimiento especular o comunión espiritual, trance de abrazos que se licúan al ritmo hipnótico de los acordes de Trent Reznor (Nine Inch Nails) y Atticus Ross (12 Rounds). Un trip de sincronización de mentes desencarnadas (“I’m disembodied”, asegura Bill, y se tienta el alma) que se rodó sobre la sucia textura de unos posos de café, primero a altísima velocidad y luego ralentizando en montaje, jugando de dobles exposiciones y transparencias para sugerir el baile de la conciencia, liberada pero también insegura, desvalida, arrojada a todas las inminencias que experimenta el propio yo cuando pierde pie. Los extáticos cuerpos danzantes de los pintores belgas Alÿs y Borremans como referente, más las audacias interpretativas de Craig y Starkey haciendo el resto.

Como crípticamente decía el ángel de la muerte al poeta Orfeo en la película homónima (Jean Cocteau, 1950), un momento clave de pura cinefilia que Guadagnino cose a una escena que se desarrolla dentro de una sala de cine: “Con estos guantes atravesarás el espejo como si fuese agua (…) No se trata de comprender, sino de creer.” Y algo de fe, más que antigua, ancestral sobrevuela las transmutaciones chamánicas puestas en escena, si hemos de dejarnos vencer por su embrujo.

El cine, probado alucinógeno, se mide con sus ancestros.

ulises.online
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