A cuarenta años de su muerte, el legado humano y literario de Elsa Morante (Roma, 1912-1985) continúa percutiendo en cualquier sensibilidad mínimamente alerta, despavorida ante los avasallamientos de esa Historia grande y ciega que unos pocos controlan y a todos tritura, cada vez más crecida, más veloz, más totalizante, más dispensadora de viejas y nuevas injurias.
En una conferencia turinesa sobre la bomba atómica, allá por 1965, Elsa urgía a practicar una escritura, un arte más valiente, a fin de “impedir la desintegración de la conciencia humana en la cotidiana alienación del mundo”: un arte no supeditado al poder, que denunciase escandalosamente la irrealidad, la infelicidad, la opresión.
Desarrollará mejor esta idea en El mundo salvado por los niños (Einaudi, emblemático 68), un libro misceláneo de pura rabia poética. Corre por sus 250 páginas un vendaval de versos, canciones, fábulas morales, teatro, memorial autobiográfico, incluso un “manifiesto político”, a decir de su amigo Pasolini, dirigido a jóvenes de cualquier latitud: “Todas las ciudades de la tierra son una única, / maldita congregación contra los niños celestes”.
Elsa compuso el manuscrito en cinco álbumes de dibujo, cada uno lleno de papeles sueltos, cartas, apuntes. Dirigido a los Felices Pocos (FP), esos ragazzini alegres, soñadores y libertarios del título, bien acompañados de Platón, Sócrates, Juana de Arco, Giovanni Bellini, Gramsci, Spinoza, Giordano Bruno, Mozart, Rembrandt, Marx, Chejov, Gramsci, Rimbaud, Simone Weil o el Che, que han de enfrentarse con los Infelices Muchos (IM), los abducidos por el consumo, los conformistas y cómplices de la obscena opresión, de la explotación y la injusticia, del deshonor del poder. La misma libertad de espíritu, la misma mirada inocente de la infancia que postuló, a lo largo de 13 puntos programáticos, en su póstumo Pequeño manifiesto de los comunistas (sin clase ni partido), escrito en los 70, donde repudia a los falsos revolucionarios porque “la auténtica revolución reniega del poder, lo abole total y definitivamente”.
Elocuentes los títulos alternativos de El mundo…, que remiten a la absenta rimbaudiana: “Un licor/agua amargo/a/insulso que hace sudar”, e incluso “Mentira y sortilegios”, que batiendo una vez más contra el coco de la irrealidad trae ecos de su debú en la novela. Y es que este mundo poético verbaliza los “experimentos privados” de Elsa con LSD, mescalina y psilocibina, por lo cual no debe buscarse en los textos una lógica al uso, si bien ella se cuidó de esconder claves combinatorias en los intertítulos, jugando en los sucesivos borradores. Así, por ejemplo: MEnSaje Confuso A Las Islas NAvideñas, La LIturgia MExiCANA, Medianoche en la ESCALINAta, etc.
Se abre el libro con la poesía “Adiós”, diálogo imposible con su amante Bill Morrow, pintor gay que murió con 26 años arrojándose de un rascacielos neoyorkino. En su apartamento romano, Elsa recorre los despojos del amor perdido: pósters de Gautama, Fidel, Billie Holiday, el comedero de su gata, la desolación doméstica de la muerte. Sólo escucha un grito, un escondrijo, delirando por las calles, “tu muerte crece cada día”, arrasada de gracia o perdición para encontrarle, y sufre la indecencia de sobrevivirle: “en qué veneno, en qué droga? / acaso en la razón, acaso en el sueño? / Tu muerte es una voz de sirena.”
Nos interesa, sobre todo, la segunda parte del volumen, “Comedia química” (título de trabajo: “Comedia de la esquizofrenia”), que a su vez se divide en cuatro partes.
La primera es “Mi hermosa postal desde el Paraíso”, que en italiano cela la palabra psilocibina, o buena medicina del paraíso:
¡Paraísos! ¡Paraísos! Y, sin embargo, en mi interior / a punto del enervamiento solar, persistía con sus punzadas como un / absceso la noticia segura / de que esta Asunción era un sustituto onírico provisional, como / una putilla a buen precio, / y que abajo en la estación terrestre mi próxima repatriación / estaba ya prevista oficialmente.
En sus bocetos se lee: “ambrosía sintética o filtro químico / que ha robado el secreto a los comedores celestes. / No es desagradable estar entre los pioneros que cruzaron / las Columnas de Hércules” (las mismas que pasa, tras una ingesta excesiva de somníferos, el protagonista de La isla de Arturo, novela de iniciación que se desarrolla en la napolitana Prócida).
Sigue, resonando aún el duelo por Bill, “La tarde dominical” (explícitas las iniciales en italiano: La Sera Dominicale), una suerte de oración desesperada y final, una radical despedida del lazareto terrestre, de una vida que es ya sólo memoria y casa de penas, ajena a toda gracia o revelación de un cielo borrado: “Adiós medidas, direcciones, cinco sentidos. Adiós deberes siervos y derechos siervos y juicios siervos. Refúgiate a ciegas en la otra parte, sean infiernos o limbos, no importa.”
“La velada en Colono”, pieza teatral en un acto, es una parodia del Edipo de Sófocles. También brilla aquí la mescalina, que se esconde en el aludido título alternativo: Mezzanotte sulla scalinata. Una andrajosa y agitanada Antígona lleva a su padre, viejo y desojado, a un caótico hospital psiquiátrico de los 60 en el que internos y burócratas, entre blues y Ginsberg, ejercen de coro y contrapunto a sus delirios de culpa, a su ansia de fármacos (“vuela lambretta, vuela peyote”) que le procuren el sueño eterno: “El cerebro es una máquina astuta e idiota, que nos ha fabricado aposta la naturaleza para excluirnos del espectáculo real y divertirse con nuestros malentendidos. Sólo cuando la máquina se estropea, con fiebres o agonías, empezamos a distinguir un rendija del escenario prohibido.” Entonces “puedo desmembrar todos los nombres y recomponerlos casualmente, creando con ellos monstruos más extraños que las quimeras y los centauros: puedo abolir los lenguajes usados e inventar otros, inauditos.”
Y el coro, a su vez, le confirma: “Descenderá la dulce lluvia solar del equinoccio / para que germine el cactus maravilloso, / ese que, al beberlo, te da nocturnos consuelos”; porque “las plantas me han liberado de las muertes con Soma, su rey”.
Finalmente, “El ansia del escándalo” —título de trabajo: “Peyotle”— entrevera las prácticas mescalínicas de Elsa Morante con el psicoanalista y parapsicólogo Emilio Servadio, a cuyas sesiones también acudía Fellini: las cosas naturales, escribe, aparecían entonces maravillosas, mientras que todo lo humano resultaba horrible, una miseria; una simple hoja se veía mejor que la mismísima Gioconda. Servadio, por cierto, le dedicó sus Passi sulla via iniziatica, un volumen fruto de su experiencia en Oriente que recoge diversas experiencias esotéricas.
En la Biblioteca Nacional Central de Roma se conservan las notas del manuscrito, un colorista batiburrillo de palabras, trufado de tachaduras y correcciones, de entre las que extraigo una frase, varias veces copiada, de su admirado Dylan Thomas, que puede leerse como una declaración póstuma de la inefabilidad de la experiencia, y acaso de la existencia: “He vivido con ello mucho tiempo y lo conozco terriblemente bien, pero no puedo explicarlo.”
Y también esta, de Ginsberg, que ontológicamente abrocha la anterior: “Sí, sí, eso es lo que yo quería; siempre quise regresar al cuerpo donde nací.”