Reflexiones desde La Seta Crítica 2025

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Una carpa en la sierra de Madrid, caperucita roja y un corazón colectivo: cuidar en la cultura psicodélica

La Seta Crítica III ha sido mucho más que un festival psicodélico o un congreso especializado. En este rincón vivo de la península ibérica, se reunieron el pasado 24 y 25 de mayo 300 personas que comparten una misma búsqueda: repensar el papel de los estados expandidos de conciencia en nuestra cultura contemporánea. Y en medio de ponencias brillantes, talleres prácticos y debates apasionados, hubo un latido común que sostuvo todo el encuentro desde un lugar menos visible pero absolutamente esencial: el proyecto ESPERANZA.sperare.

Bajo la dirección de Adela Abad, este proyecto ha traído al centro de la conversación psicodélica una pregunta incómoda y necesaria: ¿qué tipo de cuidado estamos ofreciendo y qué narrativas legitimamos o excluimos al hacerlo? Inspirado por las ideas de Catherine Walsh sobre la interculturalidad crítica, la pedagogía emancipadora de Paulo Freire y la ecología de saberes de Boaventura de Sousa Santos, ESPERANZA no propone un protocolo rígido, sino un ecosistema de prácticas flexibles, profundamente situadas y sostenidas por un compromiso ético.

Durante el evento, este compromiso tomó forma en un espacio concreto: el Espacio de Cuidados, un lugar accesible durante todo el festival que se transformó en punto de referencia para la atención emocional, el descanso y el bienestar físico y mental. Allí se ofreció sostén para quienes estaban atravesando experiencias difíciles, sí, pero sobre todo conversaciones sinceras, pausas respiradas y un intercambio genuino y enriquecedor para todos los integrantes del evento. En un momento histórico donde los psicodélicos vuelven a posicionarse en la práctica terapéutica, espiritual y recreativa, habilitar espacios así resulta urgente. Porque cuidar en contextos psicodélicos —como bien señaló Adela— no significa únicamente intervenir cuando hay crisis, sino también facilitar lugares donde podamos sentir, integrar, cuestionar, jugar y reflexionar… sin miedo, sin jerarquías, sin expectativas.

Quizá por eso la aceptación de esta propuesta dentro de la Seta Crítica tuvo una acogida tan entusiasta. Tanto la organización como el público y los propios ponentes se acercaron con curiosidad, gratitud y un alivio que era casi palpable. Muchos agradecieron la existencia de un espacio seguro donde recalibrar la experiencia, compartir inquietudes o simplemente tumbarse a contemplar las luces titilando en la carpa de cuidados.

Pero el proyecto fue mucho más allá de una tienda bien equipada. Durante el festival funcionó también un equipo móvil, diverso y multicultural, compuesto por personas de distintas edades, nacionalidades y formaciones: desde artistas y profesionales de la salud hasta investigadores sociales y facilitadores experimentados, todos unidos por un fuerte compromiso con el proyecto. Esta diversidad no era anecdótica, sino una verdadera fortaleza que permitió atender la pluralidad de sensibilidades, lenguajes y trayectorias presentes. En sus rondas nocturnas, fácilmente reconocibles por sus brazaletes neón, el equipo supo detectar zonas sensibles antes de que escalaran, sostener situaciones incómodas con delicadeza o facilitar espacio para conversaciones profundas que solo podían darse bajo un cielo estrellado.

Como si esto fuera poco, el equipo contaba incluso con su propia Caperucita Roja, una figura mágica que iba repartiendo lo que pudiera hacer falta —desde recursos prácticos hasta palabras suaves— y, sobre todo, recordando a todos que cuidar también puede hacerse con humor y un brillo cómplice en los ojos.

Algunas imágenes quedarán grabadas mucho tiempo en la memoria colectiva de quienes participaron: la cabañita iluminada en medio del bosque, preparada para sostener cualquier vulnerabilidad; la carpa principal que por la noche se transformaba en un refugio cálido, casi uterino; o la cesta de caperucita encendida, símbolo discreto pero rotundo de un cuidado dispuesto a llegar donde hiciera falta.

En el fondo, lo que se gestó aquí fue mucho más que un servicio adicional dentro de un festival. Fue un ejercicio práctico de tejer una cultura del cuidado que pueda entrelazarse con la cultura psicodélica de una forma madura y responsable. Una apuesta por no dejar a nadie solo frente al vértigo del subconsciente y por normalizar el acompañamiento ético también en entornos recreativos o artísticos, donde a menudo se pasa por alto la importancia de estos sostenes.

Como participante activa y miembro del equipo de coordinación en este proyecto de atención y cuidados, puedo decir que me llevo la certeza de que algo importante se está consolidando. Que estas prácticas, tan humanas y tan necesarias, están echando raíces con fuerza y tienen vocación de perdurar. Y que tal vez la verdadera integración de los estados expandidos en nuestra sociedad no vendrá solo de la mano de estudios clínicos o debates legislativos, sino también de estos pequeños gestos: una mano sobre el hombro, un espacio donde tumbarse sin explicaciones, un oído atento que escuche sin interrumpir.

Porque, en última instancia, la psicodelia en Occidente solo tendrá sentido si aprendemos a cuidarnos —de verdad— los unos a los otros. Si logramos que ese cuidado sea tan diverso, creativo y libre como los propios viajes de la conciencia. Y si entendemos, como comprendimos todos en La Seta Crítica 2025, que en esa mezcla de vulnerabilidad, curiosidad y compromiso colectivo hay algo profundamente transformador.

Para quienes deseen explorar con más detalle el contexto general del evento, las ponencias y otras iniciativas que se desplegaron en La Seta Crítica, recomiendo la lectura del artículo de Igor Domsac publicado en ICEERS, que ofrece una mirada complementaria y muy completa:

https://www.iceers.org/es/seta-critica-encuentros-comunidad-sierra-madrid/

ulises.online
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