Santuarios psicodélicos transalpinos
No había más que pasar una de las varias mugas alpinas, y ya estabas allí: quien, con una valija de dinero distraído al fisco; quien, buscando experiencias enteógenas fuera del radar de la policía. En Italia conocen bien los santuarios psicodélicos suizos, especialmente los amantes de la escena Psytrance (o sus derivados, full-on y darkpsy) o del sonido Goa. Aquello tenía un sabor clandestino y de transgresión, sobre todo para los italianos del norte, y sobre todo durante el verano.
El paso de transfrontalieri es hoy constante, porque los francos siguen rindiendo más si se gastan a este lado de la frontera, pero aquel particular flujo empezó a fines de los 90. En Italia había mayores restricciones a las subculturas electrónicas, las autoridades controlando —y, en no pocas ocasiones, clausurando— los centros sociales ocupados, mientras que en el vecino país se solían aplicar criterios más relajados: permisos laxos en algunos cantones, valles aislados, proliferación de festivales al aire libre sin interferencias administrativas.
Llevando siempre a gala su diferencia, los helvéticos decidieron dotarse de una base teórica para la psiconáutica patria. Se consideraban herederos del “neotribalismo”, teorizado por el sociólogo Michel Maffesoli, que consiste en crear comunidades efímeras para compartir una experiencia estética y afectiva; e igualmente de las “zonas autónomas temporales”, según la tesis de Hakim Bey: las habituales constricciones y estructuras socioeconómicas de nuestro mundo capitalista, ¡aun en el corazón de un paraíso financiero!, pueden entrar en una especie de suspensión transitoria.
Frente al tecno urbano e industrial, nacido en una Detroit en caída libre industrial o en el Berlín post-Muro, Suiza se inspiraba mayormente en la filosofía de Goa, la antigua colonia portuguesa en la India, que fundía la contracultura jipi de los 60-70 con la tecnología de fines de siglo, dando lugar a un movimiento híbrido que se ha dado en llamar cyber-hippie. Movimiento, en todo caso, muy vivo y efervescente, que ha ido evolucionando hasta catalizar en algunos de los más famosos festivales trance de Europa. Así el Burning Mountain de Zernez, en el valle de la Engadina, que combina pinchadiscos progresivos y psicodélicos de talla internacional con espectáculos de fuego (instalaciones, pirotecnia, tragafuegos), talleres y mercadillos de artesanía sostenible. En el mismo cantón, el de los Grisones, otros dos festivales: One Love, en Filisur, y Shankra, en Lostallo, aunque éste lleva tres años suspendido. En el cantón Obwalden, el festival Modular de Melchtal. Sin olvidar la Bernexpo Festhalle de Berna, en particular su novísimo pabellón musical, adonde puede llegarse fácilmente con la alta velocidad.

Poco a poco, promotoras independientes fueron incorporando este modelo en Italia: principalmente en las regiones norteñas —Piamonte, Lombardía, Toscana— y en los valles apeninos. La cosa fue más allá de la música y el trance hasta influir en el diseño, por ejemplo en las tipografías: líquidas o fractálicas, y la moda urbana eligió la ropa orgánica con aplicaciones fluorescentes.
A su vez, colectivos suizos de reducción de daños como Infodrog y Saferparty Zúrich marcaron el paso en la gestión sanitaria del ocio nocturno en la propia Italia, que ha ido introduciendo el análisis de sustancias (drug checking), las zonas de descanso (chill-out), y más tarde la espectrometría infrarroja automatizada y la toxicología digital mediante alertas en los móviles.
Una singular conexión italo-suiza es la Parvati Records, discográfica especializada en inyectar música en los raves, explotando la acústica de la montaña. Se trata de un sello danés, sólo que fundado por el italiano DJ Giuseppe (Giuseppe Capodanno), que creó los sonidos Forest y Darkpsy, estándar sonoro de valles recónditos y festivales de género. El año pasado sacó una compilación para festejar su primer cuarto de siglo. En ese mismo nicho de mercado, tendiendo puentes entre ambos países, Looney Moon, Blacklite y Pixan por parte italiana, o las disqueras suizas Peak y Patronus.
Con toda esta información en la cabeza, y provistos de tiendas y mochilas, habían llegado a principios de septiembre al cantón del Tesino. Les costó encontrar aquel valle, tan escondido. El espacio del rave estaba perimetrado por una red de tejidos de licra, iluminados con una pintura fosforescente que vibraba y se saturaba al tamiz de la luz ultravioleta. Se distinguían motivos de fractales de Mandelbrot y cubos de Metatrón, los dioses Shiva y Ganesha, vagas formas de fantaciencia y cyberpunk. Alrededor, los abetos y la caliza alpina parecían desmaterializarse, y se diría que lo orgánico y lo sintético se abrazaban sin solución de continuidad.

Inició entonces la danza ritual, ¿chamánica? Pura catarsis al modo suizo, que sigue programáticamente el principio ético PLUR: paz, amor, unidad, respeto. Algunos italianos, reticentes al principio, no podían reprimir los ataques de risa. La compañera filipina de uno de ellos, tan cerrada en sí misma desde que llegó, hace muchos años, de Mindanao, descubre de pronto la fraternidad universal. Un investigador de la Universidad de Zúrich, que ha llevado unos hongos para testarlos en su laboratorio portátil, se aparta entre unos peñascos porque le aturden los decibelios. Una base rítmica de bajos hipnóticos dispara semicorcheas en ráfagas constantes. Texturas oscuras, arpegios espaciales, distorsiones y resonancias cósmicas. Mariposas de luz en los dos pantallones laterales: un buen trabajo lisérgico de VJ. Cena frugal en las casetas gastronómicas, nuevas risas. Las estrellas empiezan a titilar cuando los cuerpos, progresivamente más desgarbados, más lentos, se adensan en un manto de sueño, oloroso a tomillo y sabina.
El grupito continuaba, ya lunes, instalado en un estado de conciencia bastante difuso, entre alucinado y remoto, columpiado en algún mirador de la montaña mágica. De vuelta al hinterland milanés, los Alpes eternos seguían regalándoles la gracia de sus más profundos secretos.