Sincronicidad: Siguiendo señales en el laberinto de la conciencia

Missa Megías. Enero 2026

Este texto es parte del libro Días para no olvidar. Luces y sombras de una psiconauta, de Missa, que próximamente será publicado en Ulises Ediciones Expansivas.

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¿Alguna vez has sentido que estás siguiendo «señales» de algún tipo en tu vida, como cuando ves una película o lees una novela y las piezas van encajando a medida que se desarrollan las escenas?

Este es uno de mis temas favoritos sobre los que adoro divagar cuando comparto tiempo y espacio con personas en un contexto propicio donde se pueden desarrollar conversaciones sobre preguntas existenciales.

Carl Gustav Jung llamó sincronicidad a las coincidencias significativas que parecen estar conectadas por algo más que el simple azar. Para él, eran eventos simultáneos que, sin estar causalmente relacionados, comparten un significado profundo para quien los experimenta. Jung desarrolló esta idea en su libro Sincronicidad: Un principio de conexión acausal (1952), donde propuso que estos patrones podrían revelar una dimensión de la realidad que la ciencia materialista no puede explicar completamente.

En el contexto de los estados expandidos de conciencia, estos patrones se pueden volver especialmente nítidos. Como si la percepción de un estado mental no ordinario nos permitiera detectar conexiones que en el estado habitual pasan desapercibidas.

Lo que sigue es el relato de mi propio encuentro con estas señales.

Las primeras preguntas existenciales

La primera vez que recuerdo haberme hecho una pregunta existencial fue alrededor de los 4 o 5 años. Ya había visto ilustraciones en libros y revistas sobre planetas, galaxias y el universo, y recuerdo que una noche cuando estaba en la cama, una pregunta interna me atravesó: ¿Dónde está exactamente el universo? Tiene que haber «algo» que lo sujete, ¿no? ¿Qué hay más allá?

Al día siguiente le pregunté a mi maestra de preescolar, y recuerdo que me miró sorprendida, sonrió y se dio la vuelta sin contestarme. Pregunté a un par de adultos más y las respuestas fueron desde «qué tonterías estás diciendo», «no tengo tiempo para eso», hasta risas que me hacían sentir vergüenza porque no alcanzaba a comprender qué había de malo en mi pregunta. Siempre sentí que era una niña rara. Me hacía todo tipo de preguntas extrañas y si alguna vez las compartía en voz alta, me miraban con extrañeza. Supongo que en algún momento entendí que las dudas que estaba expresando generaban algún tipo de incomodidad y rechazo a mi alrededor, y con el tiempo se me fue «olvidando» esa inquietud mientras me esforzaba en ser, o al menos parecer, una persona más normal a la que todos aceptasen.

El sendero hacia la MDMA

El camino hacia la MDMA en particular, y después a la psiquedelia en general, lo viví como una serie de eventos que mientras experimentaba no parecían tener aparente nexo entre sí, pero que al analizarlos en retrospectiva forman una narrativa completamente entrelazada de sucesos que solo yo, observándolos desde la complejidad de mi bagaje personal podría interpretar en su totalidad.

Hasta los 27 años había rechazado todas las drogas categóricamente. Para mi yo de entonces que estaba inconscientemente programada por las narrativas oficiales y familiares de simplemente decir no, sin más; las drogas destruían vidas y punto. Y mi rechazo hacia ellas y las personas que las consumían debía ser absoluto para siempre.

Pero las circunstancias que se me iban presentando a raíz del diagnóstico de autismo de mi hija me llevaron a cuestionar y revisar por primera vez estos prejuicios, y para cuando decidí tomar MDMA, después de mucho investigar, tenía muchísimas preguntas sobre cómo algunas sustancias podían modificar la percepción de la realidad. Esa curiosidad se convirtió en la primera señal de un camino que no había elegido conscientemente seguir, pero en el que sentía en todo momento que, paradójicamente, tampoco tenía elección.

Las preguntas existenciales olvidadas en la infancia volvieron con fuerza, catalizadas por mi primera experiencia con MDMA. Durante esa sesión y sucesivas experimentaba diálogos internos donde yo hacía preguntas y las respuestas parecían venir de una fuente más profunda que mi mente consciente. Esa voz interna que me contestaba la sentía como «la de verdad», como si “yo” solo fuese un personaje interpretando y quien me contestaba fuese el actor real.

Hansel y Gretel

Empecé a investigar en internet y encontré en un foro, por causalidad, que alguien comentaba un estudio con MDMA para tratar la ansiedad social en personas con autismo*. En mi narrativa aprendida, el éxtasis era una droga de desfasados pastilleros que además estaba matando gente. Leer que podía tener usos beneficiosos me rompió la cabeza. Podía haberme quedado ahí y seguir reforzando el mismo diálogo interno de negación a todas las drogas, pero internamente ya sentía una curiosidad muy fuerte que me impulsaba a seguir investigando.

Cada artículo, post o vídeo que veía me llevaba al siguiente de forma natural—un rastro de miguitas de pan como en el cuento de Hansel y Gretel para encontrar el camino de vuelta a casa.

Decidí tener mi primera experiencia, que resultó ser lo que Alexander Shulgin llamaría una experiencia cumbre (++++) en su escala: intensa, reveladora y espontánea que marca un antes y un después*. Ahora sé que mi resistencia mental era tan grande que, de no haber sido esa primera experiencia tan significativa, se habría quedado en algo anecdótico sin más trascendencia para el transcurso de mi vida.

Encontré a los Shulgin, por causalidad, mientras seguía investigando sobre la MDMA a través de un artículo de Vice sobre PIHKAL y TIHKAL y el entusiasmo que me transmitió el autor me hizo sentir unos deseos irrefrenables de leer esos libros. Pero vi que solo estaban publicados en inglés y en ese momento no sabía apenas nada de inglés, y menos para leer libros. De nuevo la causalidad intervino y esa misma noche encontré otro artículo que explicaba que justo en esos momentos se estaba llevando a cabo un proyecto crowdfunding de traducción al castellano que aún tardaría varios meses, y sin pensarlo siquiera, me hice con los ejemplares en preventa.

Unos meses después por fin llegaron. Leí PIHKAL de corrido en apenas una semana y TIHKAL en unos días más. Y desde la primera página me sentí totalmente fascinada por encontrar reflexiones e ideas que ya había intuido o sentido en algún momento de mi vida, pero articuladas en palabras con precisión milimétrica. Por primera vez sentí que quizá no era tan bicho raro y seguro había más personas en el mundo con quien pudiese intercambiar inquietudes.

El momento inequívocamente obvio

Así que maravillada por los relatos de los libros de los Shulgin y su grupo de investigación me propuse encontrar personas afines con quien poder hablar de todos esos temas que en mi entorno no podía compartir. Sentía la necesidad de conocer gente con la que poder intercambiar ideas sobre la exploración de la conciencia con diferentes drogas y sobre la existencia misma, pero busqué durante semanas y no aparecía nadie y ya empezaba a resignarme.

Una noche soñé que estaba sola en una especie de templo abierto rodeado de enormes columnas redondas en la cima de una montaña muy alta. Yo quería bajar de ahí y unirme a lo que parecía una fiesta multitudinaria que se celebraba abajo—escuchaba de fondo música, risas y luces y no quería estar sola—pero cuando intentaba salir del templo para acudir, una niebla muy densa me cortaba el paso y no me dejaba ver el camino.

Al despertar se me vino a la mente el nombre Ulises asociándolo a algún tipo de historia relacionada con la mitología griega por la cual nunca me había interesado especialmente. Aún sin lavarme la cara entré en Google y empecé a buscar referencias que me ayudasen a interpretar de alguna forma ese sueño, y en apenas unas pocas búsquedas apareció un enlace a una web que hablaba sobre «los misterios eleusinos». Lo de misterio llamó mi atención y me puse a investigar, fascinada por las teorías sobre cómo se creía que se desarrollaban y lo que representaban. Así que de nuevo seguí clicando y encontré que se anunciaban en Facebook unas jornadas explicativas sobre ayahuasca relativamente cerca de mi casa, y casualmente en las mismas fechas en las que mis hijas vacacionaban con los abuelos y yo me había estado planteando irme de viaje sola por primera vez en mi vida.

Me puse en contacto con la asociación que las anunciaba inmediatamente y reservé mi plaza entusiasmada porque al fin iba a conocer gente con la que poder sentirme libre de hablar sobre la exploración de la conciencia con drogas.

Acudí convencida de que encontraría un espacio donde poder hablar libremente pues creía que la mayoría de esas personas ya habrían tenido experiencias con sustancias y seguro estarían abiertas a debates interesantes. Pero me encontré con que en las charlas se hablaba de la ayahuasca como si fuese la única panacea, la medicina que sanaba, que era todo lo contrario a otras drogas. Incluso hubo un comentario de uno de los ponentes refiriéndose a los psiconautas que exploraban con otras sustancias por su cuenta con cierto desdén, como dando a entender que la ayahuasca era el camino verdadero o algo así, y no me sentía nada identificada con ese mensaje.

Regresé a casa muy desilusionada y sintiéndome más sola que antes.

Esa misma noche, para distraerme, entré en el foro de Cannabiscafe donde había puesto un SOS semanas antes en el apartado de enteógenos, buscando gente que hubiera leído PIHKAL y TIHKAL y quisiera comentarlos. Había estado revisando el post durante días sin éxito y justo esa noche encontré un mensaje en mi bandeja privada:

«Saludos, Missabsurda:

Algunas personas estamos tratando de impulsar un nuevo grupo en Telegram donde abordar principalmente el estudio de la mente humana, incluyendo aquí los estados de percepción y conciencia alterados por determinadas sustancias, y por lo que he leído de ti pareces poseer conocimientos y experiencia adecuados.

No se trata de facilitar drogas, ni de alardear de quién ha tomado más o llegado más lejos, sino de ordenar ideas, formular hipótesis y de algún modo contribuir al descubrimiento del significado de estas experiencias, bien sea a través de testimonios personales, bien a través de argumentos apoyados en la razón, la lógica y/o la ciencia, que se atrevan por fin a cuestionar y a transgredir las concepciones mundanas que tanto nos limitan e impiden el progreso tanto como individuos, tanto como especie.

Siéntete invitada, espero tu opinión.

Gracias por tu atención y un saludo.»

Inmediatamente le respondí y una hora después me entraron al grupo donde apenas había 10 personas que hicimos piña enseguida. Durante los siguientes meses estrechamos cada vez más lazos entre todos, y ahí por primera vez en mi vida experimenté la sensación de encajar y sentirme comprendida.

Varios meses después, al final de una sesión con 500 microgramos de LSD que compartí con el mismo chico que me mandó la invitación, ocurrió algo que todavía me resulta inexplicable. Dije: «Por favor, tráeme PIHKAL y ábrelo por la página 117, pero no leas nada. Dime si la frase que te voy a decir aparece exactamente así.» Y cuando lo trajo, recité: «Cuando el momento es el adecuado se torna inequívocamente obvio que lo es.»

Era exactamente la frase que aparecía al principio de esa página, palabra por palabra. Y no la tenía subrayada ni recordaba haberla leído, ni el contexto de esta. No entendía cómo mi cerebro la había registrado con tal precisión, no solo esa frase, sino también su ubicación exacta en el libro justo en un momento en el que me sentía queriendo forzar situaciones en las que encontraba resistencia constante. Me aferraba a la idea de que podía conservar mi entorno y mi vida de siempre y adaptarla a mi nueva realidad interna, y me estaba llevando guantazos por todas partes.

Al día siguiente de esa experiencia tenía programada una operación de riñón y la habitación que me asignaron era la 117.

A partir de ese momento, lo que había interpretado como muchas casualidades pasaron a ser cada vez más claras y esta vez acompañadas de señales numéricas: mensajes importantes llegaban a las 11:17 o 1:17, eventos significativos ocurrían en días 11 o 17, carreteras número 117 me llevaban a conocer personas o a vivir circunstancias muy relevantes.

Se me hizo evidente que había algo o alguien que me estaba dejando señales alumbrando un camino que no sabía dónde me iba a llevar.

La revelación de la nada

Lo que siguió fue una serie de acontecimientos donde de forma muy brusca todo lo que había forzado por mantener a mi lado y pertenecía a mi versión de antes—mi entorno, mi pareja, mi trabajo, mi familia—se cayó por su propio peso porque llegó un momento en que era imposible que la nueva versión de mí misma encajara en mi vida de antes, por más que me costase aceptarlo. Pasé un par de años muy difíciles renunciando a muchas cosas y diciendo adiós a muchas personas, y pasé una época muy larga sin contacto con psiquedélicos en lo que tuve que responsabilizarme de crear una nueva realidad que estuviera más en coherencia con mi sentir, con la única compañía de mis hijas pequeñas y en casi completo aislamiento social mientras me ocupaba de reconstruir una nueva vida.

Y un día decidí que las cosas más o menos ya estaban estables y que me apetecía tener una sesión introspectiva profunda conmigo misma y MDMA. Mi intención era explorar las «grandes preguntas pueriles»—esas cuestiones existenciales que los adultos acaban abandonando en algún momento por considerarlas imposibles de responder.

Empecé con preguntas básicas: ¿cuál es el sentido de la vida?, ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos? Las respuestas encajaban con mi marco de creencias hasta que decidí profundizar más: «¿Quién eres?»

La respuesta fue cortante: «No sigas, quédate con lo que ya sabes.» Pero insistí hasta que esa voz cedió: «Te lo diré, pero no te va a gustar.»

Lo que experimenté fue devastador: éramos marionetas programadas con la ilusión de libre albedrío, representando un juego cósmico para el entretenimiento de una conciencia universal aburrida en la nada infinita.

Esa información vino revelada como verdad absoluta—¡ojo!, no digo que lo sea, sino que yo la experimenté en ese momento así. Por primera vez conocí lo que podría llamarse «la nada»: un vacío existencial que eliminaba cualquier significado. No era depresión, ni tristeza, ni miedo, sino la ausencia total de sentido.

Incluso bajo los efectos empáticos de la MDMA, sentí un pánico interno extremo. Si todo era un juego predeterminado, ¿qué sentido tenía continuar? La tentación suicida emergió como rebelión contra esta supuesta verdad cósmica.

Cuando pregunté por qué no se conocía abiertamente esta «verdad», la respuesta fue pragmática: «Si muchas personas supieran esto con certeza, se suicidarían en masa y eso no sería funcional para el juego.»

Viviendo con la paradoja

Hacia el final de la experiencia, -aún no se ni como-, volví a identificarme con mis emociones, el apego a mi personaje, a mis hijas y a mi narrativa personal. Había aceptado representar mi papel hasta el final del juego, aun creyendo que el guion ya estaba escrito y todos éramos simples marionetas.

Y a pesar del impacto que me provocó esa experiencia, pude continuar con mi vida cotidiana. No sin antes aparcar de nuevo las preguntas existenciales durante una buena temporada, enfocándome en aspectos más prácticos.

Con el tiempo llegué a ver esta experiencia desde múltiples perspectivas, explorando diferentes interpretaciones, entre ellas en cómo había podido influir mi set & setting del momento condicionado por una etapa vital bastante solitaria, pero sin llegar a sentir la necesidad de resolver definitivamente la cuestión.

A veces siento que estoy dentro de un parque de atracciones como en la serie de Westworld de Anthony Hopkins, donde el juego final es recorrer un laberinto que no es un lugar físico, sino un camino que siempre te lleva de vuelta al centro de ti mismo—al centro de tu propia conciencia.

Y con cada nueva experiencia a la que me conducen las causalidades siento que se va construyendo un mapa interno—un rompecabezas donde cada vivencia aporta una pieza más al entendimiento de mi propia psique.

¿Señales del universo o mensajes a mí misma?

Al final de la película Interstellar hay una escena donde Cooper entra en un teseracto y comprende: «Somos nosotros, no hay un ellos.» Los seres de una quinta dimensión que creían externos eran la humanidad futura ayudando a su versión pasada a través del tiempo.

Y yo a veces me pregunto si las señales funcionan así. ¿Será que mi yo futuro está dejando migas de pan para que mi yo presente encuentre el camino? ¿O simplemente mi mente está dotando de narrativa a acontecimientos fortuitos?

Desde este lado del espejo posiblemente nunca lo sabré-mos- con certeza, pero me gusta la idea de pensar que, si soy yo guiándome a mí misma a través del espacio-tiempo en el laberinto de la conciencia, entonces las señales son mi propia intuición amplificada usando el lenguaje de las coincidencias para llamar mi atención. Y para mí, la intuición es la voz de Dios hablándome, entendiendo el concepto de Dios, no desde una perspectiva religiosa, sino como sinónimo de Conciencia universal, o como cada uno le quiera llamar.

Matrix cultural y el sendero del Bodhisattva

Una de esas sincronicidades me llegó en forma de mensaje de texto de un buen amigo justo cuando atravesaba una época en la que me estaba volviendo a alejar de mi centro, poniendo mi foco en la realidad material externa.

“*Philip K. Dick dijo en una conferencia en 1977:

Vivimos en una realidad programada computacionalmente y la única pista que tenemos es cuando una variable es cambiada y una alteración en nuestra realidad ocurre».

Sus ideas prefiguran indudablemente la noción desarrollada en la trilogía The Matrix. Una serie que, como ha notado el profesor Robert Thurman, tiene notables influencias budistas (la Matrix del budismo se llama samsara) y que ha producido la gran metáfora de nuestro tiempo para referirse a una sensación milenaria: la sospecha de que el mundo que experimentamos convencionalmente es una ilusión.

En su laberíntica y obsesiva reflexión en torno a una serie de visiones místicas que ocurrieron el 2/3/1974, plasmadas en The Exegesis, curiosamente Dick, un gnóstico cristiano, da como posible escapatoria a este dédalo ilusorio que hoy llamamos La Matrix el camino del bodhisattva.

Dick cuenta sobre el protagonista de un texto que pensaba titular The Owl:

«Sólo escapa verdaderamente del laberinto cuando decide regresar voluntariamente (volverse a someter al poder del laberinto) para beneficiar a aquellos que siguen atrapados dentro de él». Esto es, nunca puedes irte tu sólo, para salir debes de elegir llevar a los demás… ésta es la paradoja última del laberinto, la ingenuidad quintaesencial de su construcción, que la única vía de salida es una vía de regreso voluntaria (al interior de su poder), que es lo que constituye el sendero del bodhisattva.

Nota personal:

La etimología de la palabra bodhisattva proviene de las raíces sánscritas “bodhi” (iluminación) y “sattva” (ser), y se trata de un término que alude a un ser que aspira a lograr la Budeidad y realiza prácticas altruistas para alcanzar dicha meta.

De acuerdo al budismo Mahayana, el bodhisattva no busca únicamente alcanzar su propia iluminación, sino también guiar a otras a que logren la Budeidad. Es un individuo que se caracteriza por el amor compasivo y su participación afectiva de la realidad que aqueja a otros.”

El amor como respuesta operativa

En mis experiencias más reveladoras—terror existencial, éxtasis místico, comprensión intelectual—siempre he acabado volviendo a la misma conclusión: experimentar el amor expansivo es la respuesta más funcional que he encontrado para la pregunta del sentido de la existencia.

No sé si esto refleja alguna verdad cósmica o si es la respuesta que estoy «programada» para encontrar satisfactoria. Pero después de navegar por experiencias de vacío existencial y revelaciones sobre la ilusión del libre albedrío, lo único que ha permanecido constante en mi realidad es que crear y compartir desde el amor hace que todo lo demás valga la pena.

No hablo del amor romántico ni del apego emocional que me llevó a aferrarme a relaciones tóxicas durante años. Hablo del amor como práctica consciente: la capacidad de mirar al otro—y a mí misma—sin necesidad de cambiar nada, solo aceptando lo que es como parte de un todo y por ende, como parte de mí misma. Ese amor que se sostiene incluso cuando la «revelación de la nada» me susurra que todo es un juego predeterminado.

Esta es la conclusión que me ha funcionado hasta ahora, ya sea si vivimos en una simulación como si no, tanto si tenemos libre albedrío como si no, tanto si hay propósito cósmico como si no, a veces se me vuelve a olvidar, y es en esos momentos donde suelo volver a acudir a mí misma a hablarme con brutal honestidad, por lo general, ,con mi catalizadora química favorita, MDMA.

Escribir para encontrar a los otros

A veces experimento fatiga existencial—un cansancio profundo de sentir que tengo que «seguir representando este teatro» cuando he vislumbrado perspectivas que relativizan toda la experiencia humana. En esos momentos la causalidad interviene de nuevo mientras escucho a Gata Cattana en su canción Samsara*: «Qué dice el oráculo que lo podemos dejar pa´ mañana… Con lo sagrao´ no se juega, lo sabes, no se juega.»

Creo que hay sabiduría en reconocer tanto la naturaleza potencialmente ilusoria de la experiencia, a la que tantas personas y culturas han hecho referencia, como la necesidad de seguir participando en ella con la integridad de ser fiel a nuestra propia intuición.

Y de nuevo me recuerdo que tengo que seguir obedeciendo a los impulsos creativos que emergen de la voz de mi intuición, que me sigue diciendo que escriba para procesar y compartir. He descubierto que escribir es una de las formas más poderosas para conocerse a uno mismo, y compartir nuestras experiencias contribuye a seguir ampliando la perspectiva colectiva del mapa de la conciencia universal.

No escribo para convencer a nadie de mis interpretaciones personales asociadas a mi narrativa específica, sino para añadir un testimonio más al archivo de experiencias humanas. Escribir desde la subjetividad también ayuda a despertar a otros a las posibilidades de su propia autoconciencia.

Hasta ahora las señales no han dejado de guiarme. Cada vez que las sigo, mi percepción se amplía y puedo ver nuevas piezas de este puzle infinito. Interpretar la existencia como un juego de autodescubrimiento me ha llevado a experimentar desde el éxtasis total al vacío absoluto, y aun así siento una gratitud profunda por seguir aquí.

Quizá nunca completemos el mapa ni tengamos respuestas absolutas, pero al menos sé que a veces puedo caminarlo con curiosidad y esperanza, sabiendo que cada paso es una oportunidad de volver al centro del laberinto, el único lugar mental donde siento paz. La respuesta para mí, aunque a veces venga disfrazada de ironía, sarcasmo o negación, siempre vuelve al mismo punto: el camino de regreso al amor universal. No como un concepto abstracto, sino como una práctica concreta de aceptación, compasión, comprensión y conexión de la existencia en sí misma.

El resto de las preguntas seguirán desarrollándose, pero he llegado a una paz funcional con la idea de que nunca tendré todas las respuestas. Y tal vez esa incertidumbre no sea un problema que resolver, sino una característica fundamental de la experiencia humana.

https://maps.org/wp-content/uploads/2014/07/2018_MAPS_Psychopharmacology_MAA-1_MDMA_Social_Anxiety_Autistic_Adults.pdf

https://en.wikipedia.org/wiki/Shulgin_Rating_Scale

https://www.youtube.com/watch?v=w3M8I80TJTM&list=RDw3M8I80TJTM&start_radio=1

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