Esa tarde estaba enfadada y enrabietada conmigo por haber vuelto a discutir con mi pareja —otra vez—. Llevábamos meses, si no años, arrastrando reproches mutuos por cuestiones de saltarnos límites y no sostenernos. Me sentía muy dolida con él por haber tratado nuestros problemas de pareja con su familia y no desaprovechaba ninguna ocasión para recriminarle cómo había podido hacer algo así. Era viernes y las niñas pasaban todo el fin de semana fuera. Lo último que me apetecía eran tres días de puro drama entre nosotros.
En un momento determinado, un pensamiento muy claro me atravesó diciéndome que debería tomar MDMA. Que tenía que cambiar de frecuencia y que no podía seguir envenenándome con la situación. No me apetecía en absoluto, estaba encabronada al extremo y al límite de ponerme a gritarle de nuevo reproches ante lo que percibía de su parte como indiferencia a mi dolor. Recordé el capítulo “Siberia” en PiHKAL y, aunque intenté brevemente encontrar la forma de librarme, no se me ocurrió ninguna excusa para no hacerlo, así que decidí obedecer a mi otro yo y no darle más vueltas. Pesé 125 miligramos de MDMA lo más rápido que recuerdo haberlo hecho jamás, porque sabía que si me detenía a pensarlo, no lo iba a hacer.
Empezaba a intuir en alguna parte de mí lo que estaba por venir y estaba bastante inquieta e impaciente. Mientras sentía que entraba en un ++ de la escala Shulgin, le comuniqué lo que sentía que estaba pasando entre nosotros de una forma completamente sarcástica e inmediatamente fui consciente del mecanismo de defensa que eso suponía. Se lo hice saber y le dije que procurase priorizarse desde ya y que yo necesitaba estar a solas el resto del día. Me encerré en la habitación con el móvil, los auriculares, agua, algo de tabaco y todo lo que estimé rápidamente que podría necesitar durante la experiencia.
Antes de que pasaran 40 minutos tuve que ir al baño y me encontré vomitando. Hacía tiempo que no me pasaba eso al tomar MDMA y fui consciente de que lo que salía era un cúmulo de energía estancada. En pocos minutos pude volver a mi refugio.
Mi otro yo —aquel que me estaba guiando, atravesándome con pensamientos de cómo actuar— me dijo que le cediera el control, y no me quedó otra que rendir mi ego para dejarle el camino libre para que me guiase la experiencia y rezar para tener el suficiente coraje para afrontar lo que sea con lo que tuviera que lidiar en ese momento.
Conocía bien la existencia del otro yo. Ya otras veces había tenido que cederle el control de mis acciones en situaciones límites de mi vida y lo reconocía como parte de mi ser superior. Por aquel entonces no sabía cómo nombrarlo, hasta que leí a Napoleon Hill en su libro Más astuto que el diablo, llamarlo así. Así que ¡diablos! No puedo hacer otra maldita cosa que obedecer.
Empezó poniéndome las dos ponencias de Ann Shulgin en YouTube sobre los dragones, y a medida que la escuchaba ya sabía lo que iba a ocurrir. Ya no podía escapar más de la situación que había estado evitando desde que conocí la existencia de la sombra hacía ya un tiempo. Había lidiado con ella de forma superficial y adaptativa, lo justo para que me dejase ser funcional, pero sabía que había estado evitando mirarla de frente, y había llegado el momento de enfrentarla.
Mientras escuchaba y admiraba a Ann, recordaba lo increíblemente valiente que fue esta mujer al transmitirnos sus tan valiosas herramientas de inteligencia emocional, fruto del desarrollo de sus propios procesos internos. Mi cuerpo no paraba de moverse haciendo movimientos circulares. Sabía que estaba liberando, al igual que con el vómito, energía estancada. Llevaba demasiado tiempo acumulando tensión y lo dejé hacer sin juzgarme.
Al terminar los dos vídeos, ya estaba en meseta de un +3 y me sentí realmente tentada de dejarlo ahí, pero era absolutamente imposible. Ya había empezado y no había vuelta atrás. Entendí por qué se me había instado a consumir MDMA: para desactivar la respuesta de lucha-huida, porque de otra forma jamás me hubiera atrevido.
Tocaba armarse de valor y empatía y bajar a las profundidades a ver qué es lo que encontraba ahí.
Me acurruqué y cerré los ojos. Estaba en las escaleras de lo que parecía las mazmorras de un castillo. Bajaban en espiral y, al final, me topé con una puerta gigante y pesada con pinchos que sobresalían amenazantes. Dos guardianes fuertemente armados la custodiaban, pero al observarme con absoluta determinación de entrar, fuesen cuales fuesen las consecuencias, se miraron entre ellos, asintieron y desaparecieron. Me encontré sola, abriendo la puerta mientras se desgarraban mis manos con los pinchos de metal. No me importó. Sabía que tenía que entrar, y aunque me aterrorizaba, ya nada podía pararme. Tenía que cruzar esa puerta y enfrentar lo que sea que estuviera ahí dentro. Así muriese en el camino, no podía permitirme seguir sobreviviendo así más tiempo.
Cuando conseguí entrar, la visión era grotesca. Al fondo de la mazmorra había un monstruo gigante de varios metros. Su aspecto era horrible, babeaba furioso mientras se intentaba zafar de los grilletes que le encadenaban los pies. Me quedé paralizada observándolo sin poder moverme, lo que provocó una furia desmedida en él, que rápidamente se abalanzó sobre mí. Me empujó con tal fuerza de un manotazo que me estrellé contra las escaleras. El monstruo pensó que eso iba a ser suficiente para detenerme, pero no sabía que no tenía ninguna intención de retirarme de mi propósito, pues lo que estaba en juego era mi propia existencia.
Me levanté y corrí hacia él, agarrándome del pelo de sus piernas, y se produjo una lucha épica entre nosotros, propia de las películas donde el príncipe ha de luchar con el dragón para rescatar a la princesa. Él intentaba zafarse de mí y yo escalaba hasta su espalda entre golpes y sacudidas. Después de varios intentos, por fin logré subirme a su espalda y agarrarme fuerte, abrazándolo. Entre alaridos guturales, poco a poco fue reduciendo su tamaño hasta convertirse en una niña pequeña, con mi carita de cuando yo tenía cinco años, que sollozaba de impotencia, soledad y asco de sí misma. Sabía que ella no entendía por qué debía esconderse, pero tenía que hacerlo. Sabía que esa niña necesitaba que la cuidasen porque no podía valerse por sí misma, y aun así estaba viviendo encerrada, en una mazmorra sucia, oscura y húmeda donde nadie pudiese verla. Y sabía que esa niña representaba todas las partes de mí misma y mi historia que había estado reprimiendo toda mi vida por puro instinto de supervivencia en familia y sociedad.
La miré ahí, acurrucada en el suelo, toda sucia y llorosa, y la acuné entre mis brazos, sosteniéndola. Ya no había grilletes, ni monstruo, solo una niña pequeña y vulnerable, y yo, en una mazmorra profunda de piedra, oscura y con gotas de agua que resbalaban entre las piedras.
Le dije que estaba ahí para sacarla y que había comprendido quién era ella y por qué hasta ese momento la había mantenido encerrada ahí. Le pedí perdón por haberla abandonado tanto tiempo, pero sabía que los tiempos de Dios son perfectos y ese era definitivamente el momento de ir a buscarla. Nunca antes me había sentido preparada para ello, y como decía Shulgin en la página 117 de PiHKAL, que llevaba hace tiempo colgada en un collar: “como he notado a menudo, cuando el momento es el adecuado, se torna inequívocamente obvio que lo es”.
Hablamos muchísimo sobre lo que había desencadenado mi visita a la mazmorra, y llegué a la conclusión de que ella no estaba ahí para hacerme daño, sino para ser sostenida. Comprendía y liberada de la prisión emocional que le había creado de forma totalmente inconsciente. Sabía que iba a poder liberarla por fin y que si yo no la abandonaba, nos convertiríamos en mis mejores amigas y compañeras el resto de nuestras vidas. Ella me acompañaría con su fuerza y yo la sostendría y la escucharía. Seríamos un equipo.
Pero también entendía que antes de salir, ella necesitaba más tiempo, ser escuchada y valorada, pero sobre todo, reconocida antes de subir conmigo por las escaleras a la superficie.
Así que no iba a presionarla para salir. Le dije que me quedaría con ella el tiempo que hiciera falta hasta que se sintiese preparada, ya que no tenía más opciones. Yo la necesitaba a ella y ella a mí, y ambas teníamos que prepararnos juntas.
Abrí los ojos el tiempo suficiente para poner una lista de reproducción de canciones que tenía olvidada y que me tocaba de una forma profundamente emocional, y regresé con ella. La abracé y acuné en tiempo infinito mientras escuchábamos la música y llorábamos. Yo le tarareaba nanas; después bailamos juntas y nos reímos, y la volví a acunar. Sabía que tenía que hacer que se sintiera de nuevo protegida, así que la limpié, la peiné y le puse un camisón limpio para que estuviera más cómoda. Encendí un fuego en una chimenea polvorienta que había en una pared y limpié el suelo, poniendo alfombras y cojines. Nos acurrucamos delante del fuego mientras le acariciaba la cabecita, y así pasamos un buen rato, acurrucadas, con la música de fondo en silencio, en un estado de comprensión profunda hacia la niña, y ella dejándose cuidar. Estaba claro que era lo único que necesitaba.
Fui consciente de su naturaleza noble y pura, y ya solo me provocaba ternura y un deseo profundo de cuidarla, sostenerla y hacerla sentir bien, y que no había nada de malo en ella. Me pidió perdón entre sollozos por haberme golpeado tan fuerte, pero no me había hecho daño, al final. Mi cuerpo estaba arriba, en la cama, pero yo seguía en ese espacio atemporal con ella.
El resto de la noche la pasé abrazándola en lo que ya no parecía una mazmorra, sino un sótano imponente y acogedor. Pasamos el resto de la noche tarareando canciones de cuna y disfrutando de acurrucarla a mi lado, transmitiéndole el amor y la aceptación que le había estado negado tanto tiempo, hasta que me quedé dormida con ella.
Al día siguiente me puse a escribir para mantener ese nuevo canal de comunicación abierto. Sabía que muchas veces me volvería a sentir tentada de esconderla, y por eso debía anclar ese nuevo canal mediante la escritura. Lloré liberándome de nuevo y me prometí a mí misma respetar los límites que me había estado saltando por miedo al abandono.
Tuve una conversación con mi pareja, expresándole de forma asertiva y empática —hacia mí misma y hacia él— lo que entendía que nos había llevado a esa situación de conflicto extremo entre ambos, y fui capaz por primera vez de expresar mis necesidades y expectativas sin entrar en el reproche. Pasaron varios meses hasta que pudimos llegar ambos a un punto de encuentro en donde abandonábamos antiguos patrones de reproche mientras construíamos una nueva forma de relacionarnos entre nosotros.
Entendí que estar desconectada de mí y haber escondido mis emociones no era positivo en modo alguno para la relación que quería tener con el que había elegido hace mucho como compañero de vida, y que con actitud de reproches solo conseguía que se alejase cada vez más de mí. Y ahí hubo un buen punto de partida para empezar a construir desde el amor, no desde la dependencia emocional.
La sombra seguía ahí, pero yo ya había aprendido a darle su espacio y prestarle atención, y había desarrollado una técnica por la cual casi cada noche me reunía con ella para escucharla y sostenerla, casi igual que la reunión de Napoleon Hill con sus consejeros invisibles.
Y desde entonces ya no camino sola.