Una eKperiencia cumbre con el maestro

Juan Carlos Usó. Febrero, 2026

A Antonio Escohotado no le gustaban los chistes, ¡definitivamente!… ni contarlos, ni que se los contaran. Pero narrando historias y anécdotas podía ser muy gracioso… ¡tremendamente gracioso! Naturalmente, su donaire procedía de la sutil combinación de su inmensa inteligencia y su perfecto dominio del arte de la hipérbole.

I. Habla Escohotado

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Antonio Escohotado, en 2018, narrando la anécdota del viaje de ketamina

Si digo esto es porque, desde hace años corre por las redes sociales un vídeo fechado en 2018 donde mi amigo y maestro le cuenta al periodista Iñaki Berazaluce una experiencia que ambos tuvimos con ketamina, justo el fin de semana en que nos conocimos, allá por 1990, en su casa de Hoyo de Manzanares:

IÑAKI BERAZALUCE: Con mi amigo Raúl hacemos unos viajes muy interesantes. Te cuento, a ver, con la changa, que es un DMT mezclado con hierbecitas y tal. Y él y yo, y otra gente que fumamos también esto, de repente acudimos a mundos que interpretamos como otra dimensión. Yo sé que tú no eres muy místico y…

ANTONIO ESCOHOTADO: No, no, yo a otra dimensión no, pero sentirte como en Neptuno, con vientos de 500 por hora a 300 bajo cero, eso me lo hizo percibir la ketamina…

IÑAKI BERAZALUCE: ¡La ketamina!…

ANTONIO ESCOHOTADO: … que te lleva a una dimensión… pues eso, n dimensiones, pues ahí estás en una de las n dimensiones. No es la nuestra.

IÑAKI BERAZALUCE: Claro, o sea, consideramos la posibilidad de que haya otros mundos.

ANTONIO ESCOHOTADO: Sí, sí, estás pisando algodón. Yo recuerdo, tenía la sensación de pisar medio metro o un metro de algodón. Claro, grandes dificultades de movimiento, intento irme a la cama y me doy cuenta que tengo que mear. Y no encuentro el cuarto de baño, es mi dormitorio, sé donde está el cuarto de baño. ¡Y figúrate, qué disparate, la maldita ketamina! Digo, bueno, indignado de no encontrar el cuarto de baño, oscuridad, tampoco encuentro el interruptor de la luz. Me pongo a mear. Digo, pues ya está, me va a reventar la vejiga. Y de repente se enciende la luz y mi mujer dice, ¿qué haces? Y estoy meando contra el armario.

IÑAKI BERAZALUCE: ¿Dónde estaba el baño?… ¿Por qué no lo encontraste?

ANTONIO ESCOHOTADO: Nada, estaba a metro y medio a la derecha. Y el amigo, que es mi amigo Usó, Juan Carlos Usó, que estaba en el otro cuarto, que se había quedado con el culete del vaso donde estaba la keta. Yo me fui y dije: “Mira Juan Carlos, esto es una cosa muy rara. Estamos en Neptuno, hay unos vientos huracanados imposibles. Además, todo está pasando hace unos 500.000 años. Esto es muy raro, me voy a la cama… mmm… ¡átate los machos! Usó se quedó, se lo bebió y se quedó en la sala. En otro de los dormitorios de la casa dormía mi hijo, el mayor, el primogénito… eeeh… que era ya piloto. Y el hombre, pues a las seis de la mañana, muy muy prontito, tenía que irse a Barajas. De modo que se duchó, estaba afeitándose en el cuarto de baño y ya apareció reptando, Usó, y le miró y le dijo: “¡al fin un humano!”

No era la primera vez que Escohotado se refería públicamente a aquella mi primera experiencia con ketamina. De hecho, con motivo de la presentación en Madrid de mi libro Spanish trip. La aventura psiquedélica en España (2001), que tuvo lugar el 8 de febrero de 2002 en la Fnac, ya aludió a ella:

“Estaba sobre un suelo de por lo menos 60 centímetros de alto de algodón en rama y le dije: «mira, si ya, átate los machos, yo me voy a la cama». Me fui a la cama. Juan Carlos se quedó y tuvo un viaje fuerte. Dormía en la casa también mi hijo el mayor, que ahora es piloto, piloto de aviación civil. Y se duchó, se vistió, se puso guapo como se ponen los pilotos, se cerraba la corbata, se estaba dando los últimos retoques al pelo. Cuando Juan Carlos, que se había quedado solo, que yo le había dejado solo, me había ido a dormir diciéndole «átate los machos», fue por allí y le miró y le dijo: «Dios mío, he atravesado la experiencia absoluta, al fin, un ser humano»”.

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Con Antonio Escohotado, en 2002, durante la presentación de Spanish trip

Antes de eso ya había dejado un testimonio por escrito en su libro Para una fenomenología de las drogas (1992), donde reconocía que su experiencia con la sustancia era “bastante limitada”:

“Tras varios ensayos con dosis insuficientes ―siempre por vía oral―, una noche (usando 50 miligramos) logré alcanzar umbrales significativos. El trance duró como dos horas, quizá un poco menos, y comenzó con la sensación de que el cuerpo había quedado de alguna manera atrás; comprendí por qué una droga semejante era operativa en anestesia, y pensé que bien podrían operarme entonces de apendicitis: me resultaba indiferente el organismo, sin duda por la magnitud de las modificaciones sensoriales. Poco después estaba sumido en un mundo de coordenadas no terráqueas; vientos de velocidad próxima al sonido, atmósferas lo bastante frías para que los gases se licuen, horizontes de grandiosa extensión. De algún modo, el planeta había cambiado su forma esférica por una plana y presentaba los bordes al revés, hacia arriba, como se adhieren los bordes del agua a algún recipiente. La fijeza de la visión, no menos que su extraordinaria nitidez, provenían del juego entre vientos inconcebiblemente fuertes y temperaturas inconcebiblemente frías; un humanoide se mantenía en medio de aquellos parajes desérticos con largas guedejas negras desplazadas violentamente por el huracán, pero al mismo tiempo paralizadas por la ausencia de calor, semejantes a estalactitas dispuestas en línea horizontal. Lo demás eran rocas, luces y fluidos; el mundo vegetal resultaba ser cristalográfico cuando la mirada lo sometía a su escrutinio” (pp. 181-182).

Tras esta descripción inicial, Escohotado proseguía con el relato de la experiencia:

“Esta excursión por otras tierras me cogió volviendo del cuarto de baño, donde había devuelto un sorbo de cerveza y un pequeño trozo de queso recién ingeridos. Pero los esfuerzos por caminar eran patéticos. Una masa algodonosa apresaba los pies, forzando a moverse sobre arenas movedizas. No tenía a mano otro apoyo que una especie de columna, y me así a ella” (p. 182).

En este punto, Escohotado introducía mi presencia en escena, sin llegar a desvelar mi nombre:

“Fue entonces cuando mi acompañante empezó a hacer preguntas (recuerdo en particular una: «¿qué es para ti sustancia?»), mientras la columna se convertía en un chorro de fuego blanco, o un rayo, que se hundía hasta lo insondable y se prolongaba hacia arriba sin límites también. Creo haber dicho que sustancia traducía «gratitud». El fuego no quemaba, aunque brillara por su ausencia cualquier elemento acogedor y estar asido a él concedía algo semejante a un bastón, en el seno mismo de la extrañeza” (p. 182).

A continuación, Escohotado pasaba a explicar mi propia experiencia después de apurar el vial de Ketolar, de Parke-Davis, que habíamos estado manipulando:

“Cuando recobré dimensiones más humanas, vi que mi acompañante solo había tomado una parte de su dosis. Mientras me retiraba a reposar se lo hice ver:

―Si bebes el resto ata bien los machos―.

Al salir de aquella habitación reparamos ambos en una luz maravillosamente azul sobre cierta mesa. Resultó ser un cirio, que tras quemarse había empezado a incendiar su inmediato entorno, aunque nosotros sólo vimos una señal centelleante, cargada de misteriosas significaciones.

Luego supe que mi amigo bebió el resto de su dosis, y cayó dormido al momento. Media hora después fue despertado por la tremenda intensidad de sus sueños. Pero no se trataba de sueños. Una eternidad más tarde, cuando uno de mis hijos se preparaba el desayuno logró arrastrarse hasta él con una mezcla de temor y alivio, no sabiendo bien con qué se topaba. Tras mirarle largamente, parece que dijo:

―¡Un humano! ¡Ah, he atravesado la experiencia absoluta!” (p. 182).

Tras el relato de nuestra experiencia, Escohotado realizaba una valoración de la misma:

“El viaje ketamínico no indujo resaca, pero tampoco deseos de repetir. Fue una grave temeridad celebrarlo sin alguien sobrio, como pueden celebrar una excursión con LSD o mescalina quienes estén ya acostumbrados a tales experiencias. Que no hubiera un incendio, ni nos rompiéramos la crisma tratando de caminar, son favores atribuibles a la bondad de los dioses. A mi juicio es un fármaco demasiado espeso, que reduce a mínimos la coordinación muscular y proporciona una experiencia espiritual ambigua. Aunque las cosas se recuerdan, falta capacidad para mantenerse en un estado «psiquedélico» propiamente dicho, donde las visiones no interfieren con una aguda conciencia crítica. Yendo más al fondo, falta también la profunda erotización de uno mismo y lo otro, que convierte los sentimientos de extrañeza en una experiencia de amor oceánico, o ―cuando no alcanzamos el amor― en una experiencia de pasaje por el calvario de estar vivo sin su apoyo” (pp. 182-183).

Eso mismo vino a decirme Jonathan Ott algunos años más tarde cuando me resumió su parecer al respecto con este sucinto juicio:

―Sin duda, la ketamina es una droga muy interesante, aunque no es una sustancia chamánica.

Sin embargo, no está de más constatar que el propio Escohotado en El libro de los venenos (1990) ya había reconocido que la ketamina podía inducir “experiencias visionarias de extraordinaria intensidad”, que, en su opinión, podían “oscilar de lo beatífico a lo terrorífico”, poseyendo asimismo “una capacidad hasta ahora inigualada para suscitar el específico viaje de la pequeña muerte”. Y, para ilustrar lo dicho, ponía punto final a la información sobre la sustancia con el siguiente párrafo:

“De hecho, han aparecido ya algunos estudios sobre el particular, de los cuales parece deducirse que la ketamina no sólo es útil como vehículo de excursión psíquica profunda, sino para contribuir a que sujetos con pocas perspectivas de larga vida, o abrumados en exceso por la angustia anticipadora de su propia muerte, se preparen para aceptar sin supersticiones el último trance”.

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Vial de Ketolar de Parke-Davis

¡Vaya, pues menos mal que no se trata de una sustancia chamánica!

En fin, el caso es que posteriormente Antonio Escohotado reprodujo palabra por palabra la breve crónica psicoactiva transcrita de nuestro viaje ketamínico en su libro Aprendiendo de las drogas. Usos y abusos, prejuicios y desafíos (1995), solo que precisaba la dosis: donde antes decía 50, ahora hablaba de “15 miligramos” (p. 227). Desde luego, la incluía dentro de las drogas empleadas en la búsqueda de “excursión psíquica”, calificándola como una sustancia de “alta potencia” ―equiparable a la mescalina, la LSD, la ergina, los hongos psilocibios y sus alcaloides y otras― y conceptuándola como “reciente”.

II. Precisiones de cosecha propia

Tras aquel fin de semana largo ―coincidiendo con el puente de fiesta de la Constitución y la Solemnidad de la Inmaculada Concepción― de 1990, vivido en Hoyo de Manzanares, regresé exultante a Castellón, pues no solo había conocido al gran Antonio Escohotado en persona, iniciando una buena amistad que se consolidaría durante los siguientes treinta años, sino que me había ofrecido la oportunidad de conocer una droga nueva, o sea, “reciente”.

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Episodio ketamínico de The Fabulous Furry Freak Brothers (1975)

Cuando le hablé completamente entusiasmado a mi amigo Manolodíaz ―toda una leyenda viva en Castellón― de aquel intenso fin de semana y le mencioné la ketamina, no dijo nada, pero arqueó una ceja de forma significativa. Tres o cuatro días después vino a verme con un cómic de The Fabulous Furry Freak Brothers bajo el brazo y me instó a que reparara en un episodio titulado “L.A. Breakdown”. En dicha historieta, los Freak Brothers se metían unas lonchas creyendo que eran rayas de cocaína, cuando en realidad ¡eran de ketamina! Lo importante es que el episodio en cuestión estaba fechado en 1975, o sea, de “reciente”, la ketamina, nada de nada… ¡Mi gozo en un pozo!Antonio Escohotado, Manolodíaz, Álex Domínguez, Rafa Lleó y Ladis Fuentes.jpeg

Con Antonio Escohotado, Manolodíaz, Álex Domínguez, Rafa Lleó y Ladis Fuentes (ca. 1992)

La cosa no acabó ahí, sino que al relatar la experiencia ketamínica compartida con Escohotado a otro amigo ―cuya identidad mantendré oculta a petición suya― me dijo: “¡No la habéis tomado correctamente! ¡Para tener un buen viaje con ketamina, hay que hacerlo a ojos cerrados, preferiblemente tumbado o reclinado, a oscuras o sin apenas luz, a ser posible con una música adecuada, en ayunas… y con todas las demás funciones fisiológicas resueltas!”

Lo que me dijo este amigo me cuadró con lo que había vivido. Tras el sorbito inicial de Ketolar, Escohotado y yo nos dedicamos a movernos por la estancia y a comentar los efectos que sentíamos. ¡Claro que andábamos con torpeza, como si camináramos sobre una capa de medio metro, o más, de algodón! ¡A fin de cuentas, la ketamina no deja de ser un anestésico y bajo sus efectos cuesta mover las extremidades!… Hablar tampoco tenía demasiado sentido, pero, en efecto, Antonio Escohotado conservó lucidez suficiente como para definir “sustancia” ―a pregunta mía― como “gratitud”.

De vientos a 500 kilómetros por hora y temperaturas a 300 grados bajo cero yo no sentí nada. Pero sí que es rigurosamente cierto que cuando apagamos la luz de la habitación donde nos encontrábamos, justo antes de que Antonio se retirara a su dormitorio y yo diera buena cuenta del resto del contenido del vial de Ketolar, percibimos una lucecita azul “cargada de misteriosas significaciones”. Cuando nos aproximamos vimos que se trataba de una vela, ya consumida, cuyo soporte ―completamente fundido― todavía era capaz de retener la cera derretida y una brizna de mecha en la que ardía una pequeña llamita azul. Además de proporcionar un ambiente místico, ennoblecía tanto la oscuridad del habitáculo que imprudentemente decidimos dejarla viva sin molestarnos en apagarla, mientras nos extasiábamos en su contemplación. Antonio la observaba de pie, completamente embelesado, agarrado de la pared que él imaginaba “columna” convertida en “chorro de fuego blanco, o un rayo”, inmovilizado o paralizado por los efectos anestésicos de la ketamina. Yo estaba en las mismas, con la cara pegada a la lumbre, mirando con detenimiento aquel misterioso prodigio ígneo, sin impedir que se extendiera.

Menos mal que, justo en aquel momento, a su mujer, Mónica Balcázar, le dio por bajar del dormitorio ―donde hacía rato que se había retirado― para ir al baño y nos encontró de esa guisa. Nuestra querida Mónica, después de apagar la llama que amenazaba con extenderse y provocar un incendio doméstico de consecuencias irreparables (de hecho, la mesa de mimbre sobre la que reposaba la vela quedó bastante chamuscada), nos echó una más que justificada y merecida bronca por nuestra irresponsable pasividad ante semejante disparate.

Después de aquella proverbial intervención, Antonio ―todavía bajo efectos residuales de la ketamina― decidió retirarse con Mónica al dormitorio conyugal mientras me lanzaba la referida advertencia: “Si bebes el resto ata bien los machos”. Lo recuerdo perfectamente.

Sin embargo, la memoria traiciona a Escohotado cuando relata el episodio de su urgencia urinaria, pues el baño al que se refiere no se hallaba en el dormitorio ―ubicado en el primer piso del duplex―, sino en la planta baja, próximo a la habitación que habíamos estado a punto de calcinar. Lo que fue incapaz de encontrar Antonio no fue la puerta del baño, sino la del dormitorio. ¡Y menos mal! Porque quién sabe si en el intento de descender el tramo de escaleras hasta la planta baja no hubiera terminado por partirse la crisma. En cualquier caso, lo que sí es rigurosamente cierto es que al no encontrar la puerta de marras convirtió el armario en urinario improvisado, lo que le costó una nueva amonestación por parte de Mónica. ¡Y no era para menos!

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Con Mónica Balcázar en 1995

Mientras tanto, en la habitación que habíamos estado a punto de incinerar, y tras dar el último buchito de ketamina, me acosté sin dilación en el sofá-cama que mis anfitriones me habían asignado para pasar la noche y, en efecto, entonces tuve un “viaje fuerte”. En realidad, nunca antes, ni después, he sentido algo parecido. Tuve un viaje astral en toda regla, en el que sentí como mi consciencia o cuerpo sutil se separaba de mi cuerpo físico. No vi ningún hilo de plata que los conectara y sentí que había muerto. Podía verme desde arriba, completamente inmóvil. Y entonces me embargó una pena inmensa. El motivo era doble: por un lado, me afligía el marrón con el que se iban a encontrar mis anfitriones al día siguiente y, por otro, me entristecía no poder comunicar a nadie que, a pesar de haberme muerto, me encontraba en la gloria.

Desde luego, ¡imposible calcular el tiempo transcurrido!

Me sacó del trance un ruido extraño y una opresión no menos extraña en el plexo solar. Al agitarme en el lecho ―pues como cualquiera puede suponer no había muerto― descubrí que el gato de la casa se había acomodado sobre mi y ronroneaba de placer (lo del gato tumbado, ronroneando, sobre mi tercer chakra, en pleno viaje de ketamina, me sucedería otra vez en casa de mi amigo Martí Sans y siempre he pensado que el asunto gatuno es digno de un estudio en profundidad). Al intentar incorporarme, el gato salió disparado y, lógicamente, su ronroneo cesó. Pero el ruido extraño persistía y seguía sin poder identificarlo.

Me levanté del sofá-cama con dificultad y percibí un resplandor de luz hacia el cual me dirigí, no “reptando” ―como asegura Escohotado―, aunque sí apuntalándome en diversos puntos de apoyo (algún mueble, el marco de una puerta, etcétera), en busca no solo del resplandor, sino también del origen de aquel extraño ruido que no terminaba de reconocer.

A pesar de la torpeza con que el anestésico había lastrado mis piernas, llegué a un cuarto de baño ―el mismo que había sido incapaz de encontrar Escohotado― en el que efectivamente se encontraba su hijo mayor, Daniel. No estaba afeitándose, sino secándose el pelo con un secador eléctrico ―he ahí el origen del puto ruido no identificado― con el que se estaba apuntando directamente de frente. Apenas había coincidido con él unos minutos el día antes y al verlo con todo el pelo ―abundante, fino y bastante largo― electrizado hacia atrás, de buenas a primeras me costó reconocerlo. De ahí que exclamara “¡ah, pero si estoy ante un humano!” (o algo parecido). En cualquier caso, dudo mucho que dijera “¡al fin!”, pues tal expresión indicaría que había estado echando de menos a algún semejante… ¡y para nada había sentido tal añoranza!

III. Corolario

Tiempo después de aquella experiencia supe que si Antonio sacó del botiquín aquella noche la ketamina fue para someterme a la prueba del algodón, es decir, para comprobar si de verdad yo era un psiconauta pata negra o simplemente un aventurero surgido de la ruta destroy ―también conocida como ruta del bacalao― tan en boga en aquel momento. Y, por supuesto, nunca se lo reproché, pues lo cierto es que en aquellos momentos se había convertido en un personaje mediático al que se aproximaban toda suerte de locos oportunistas (como aquel que del que me hablaron él y Mónica que se presentó un buen fin de semana en su casa y no paró de darles la turra con la inquietante presencia de “los elementales artificiales”).

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Con Antonio Escohotado en 2019

En fin, el caso es que mucho, y poco favorablemente, debió impresionarle la inhóspita atmósfera neptuniana a Antonio Escohotado, pues que yo sepa nunca más volvió a catar la ketamina. Y eso que cada vez que yo iba a visitarle llevaba una buena porción conmigo y lo animaba para que probara de nuevo el fármaco, esta vez como Dios manda. Pero de una u otra manera siempre conseguía eludir mi invitación.

Por lo que a mí respecta, tras aquella vivencia inicial he acumulado decenas de experiencias con dosis altas de ketamina, siempre con las debidas precauciones, o sea, en ayunas, acostado, a ojos cerrados, en penumbra o con poca luz, valiéndome de música apropiada (quienes me conocen saben que tengo una debilidad especial por el LP Foretold in the Languaje of Dreams, de The Natacha Atlas & Marc Eagleton Project).

Incluso me atrevería a decir que, pese a no ser un territorio fácil de cartografiar, he llegado a familiarizarme con el llamado K-Hole, a sentirme cómodo ―tras la disolución del ego― en ese espacio infinito del mundo interior donde el tiempo deja de tener sentido, el cuerpo físico deja de existir y uno asiste a un nuevo tipo de comprensión.

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Cubierta del álbum Foretold in the Languaje of Dreams (2002)

Numerosos estudios han demostrado que la ketamina puede proporcionar alivio rápido y significativo de los síntomas depresivos, especialmente en aquellos con depresión resistente a tratamientos convencionales. Carezco de elementos de juicio para pronunciarme al respecto. Es más, si he de hablar por experiencia propia, la excursión psíquica con ketamina en una ocasión me llevó ―sin explicación aparente― a un estado depresivo que se prolongó durante algunos meses. Fue extraño y nunca más me ha vuelto a suceder.

En cualquier caso, no quiero dar por concluido este testimonio psiconáutico sin reconocer mi deuda permanente con Antonio Escohotado, por muchos motivos. Uno de ellos haberme descubierto un psicofármaco tan prodigioso como la ketamina.

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